Durante años, el capital persiguió tecnologías que prometían crecimiento ilimitado con costes decrecientes, una premisa que hoy empieza a mostrar grietas. Tanto el cripto como la inteligencia artificial dependen de un recurso físico finito, caro y estratégico, lo que altera por completo la lógica inversora. En un contexto de tensión global, la energía emerge como el verdadero activo que sostiene las valoraciones actuales dentro del ecosistema de la tecnología.
Burbuja financiera y activos subyacentes
Las grandes burbujas financieras no se construyen solo sobre expectativas, sino sobre activos que permiten apalancar el sistema.
Entre 2000 y 2008, el ladrillo actuó como colateral universal, facilitando una expansión crediticia masiva hasta su colapso. Entre 2016 y 2022, el cripto intentó ocupar ese lugar, prometiendo descentralización y escasez digital, pero sin un respaldo físico que sostuviera valoraciones multimillonarias a largo plazo.
Desde 2023, la inteligencia artificial ocupa el centro del relato inversor, aunque su naturaleza es distinta a la del software tradicional.
El desarrollo y operación de modelos avanzados requiere infraestructuras físicas intensivas en capital y energía, replicando un patrón histórico conocido: la narrativa es nueva, pero el activo subyacente vuelve a ser tangible.
Esta desconexión explica por qué la relación entre inteligencia artificial y energía se ha convertido en un factor crítico para entender el nuevo ciclo financiero.
Energía, centros de datos y nueva lógica industrial
La inteligencia artificial ha introducido una lógica industrial más cercana a la manufactura pesada que a la economía digital clásica.
Los centros de datos ya no son simples infraestructuras tecnológicas, sino instalaciones industriales de gran escala, con inversiones superiores a los 1.000 millones de euros y consumos eléctricos comparables a los de una ciudad mediana.
Este cambio implica varias transformaciones clave:
- Los centros de datos funcionan como las fábricas del siglo XXI, concentrando capital, infraestructura y consumo energético.
- La capacidad eléctrica instalada se convierte en una ventaja competitiva nacional, condicionando la localización de inversiones.
- El aumento sostenido de la demanda tensiona los mercados energéticos, influyendo directamente en el funcionamiento del mercado energético y en la formación de precios.
- La huella de carbono asociada a estas infraestructuras pasa de debate ambiental a variable económica, con impacto directo en decisiones de inversión y en objetivos de sostenibilidad como la reducción de la huella de carbono.
En este contexto, la disponibilidad de energía limpia se vincula cada vez más a modelos de desarrollo basados en ciudades sostenibles.
Riesgo sistémico y límites del crecimiento
El principal riesgo del ciclo actual no es el fracaso de la inteligencia artificial, sino la desconexión entre sus valoraciones y el coste real de la energía que necesita para escalar. En determinadas aplicaciones, la energía ya representa entre el 20% y el 40% de los costes operativos, un dato que cuestiona modelos basados en escalabilidad infinita y márgenes crecientes.
Aun así, muchas valoraciones siguen tratándola como si fuera solo software, ignorando límites físicos y económicos. Figuras influyentes del sector tecnológico han comenzado a advertir de este cuello de botella tras haberlo experimentado previamente en el cripto. La próxima década no girará solo en torno a algoritmos más potentes, sino en torno a quién controla, financia y puede pagar la energía que los mantiene en funcionamiento.
Fuente: papernest.es







