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Cereales en retroceso y leñosos en auge: la transformación silenciosa de la agricultura en Castilla-La Mancha

La agricultura manchega se encuentra en un momento de inflexión que no responde a un cambio brusco sino a una evolución progresiva del sistema productivo regional

José Ramón Díaz de los Bernardos

A lo largo de las últimas campañas se ha ido consolidando una percepción clara entre los agricultores de que el modelo tradicional basado casi exclusivamente en cereal de secano presenta cada vez mayores dificultades para garantizar la rentabilidad y la estabilidad económica de las explotaciones.

José Ramón Díaz de los Bernardos
José Ramón Díaz de los Bernardos. Ingeniero agrícola y enólogo

Esta percepción se ha visto reforzada en la campaña 2025/26 por una combinación de factores que incluyen precios de cereal contenidos, incremento sostenido de los costes de producción, mayor irregularidad climática y una presión normativa creciente sobre el uso de insumos. Todo ello ha condicionado tanto las decisiones de siembra como el tipo de material vegetal utilizado.

En cuanto a la evolución de las siembras de cereal en Castilla-La Mancha durante la presente campaña, puede afirmarse que la superficie total no ha sufrido un desplome muy significativo, pero sí muestra síntomas claros de agotamiento estructural. La cebada y el trigo blando siguen siendo los cultivos predominantes, ocupando amplias extensiones de terreno y manteniendo su papel dentro de las rotaciones agrarias.

Sin embargo, el agricultor es cada vez más consciente de que el cereal, especialmente en secanos medios y pobres, depende de manera crítica de la pluviometría primaveral para alcanzar rendimientos aceptables. La falta de lluvias en momentos clave del ciclo, unida a episodios de calor temprano, penaliza de forma severa la producción y deja márgenes muy ajustados, incluso en campañas consideradas normales.

Este escenario ha provocado que muchos agricultores opten por reducir la inversión directa en el cultivo cerealista, ajustando al máximo los costes de implantación y manejo. El cereal sigue sembrándose, pero con una mentalidad más defensiva, orientada a cubrir gastos y mantener la actividad, más que a generar beneficios claros. Las siembras a día de hoy les ha acompañado las lluvias y muestran en su color su estado beneficioso que tienen.

En este contexto, las leguminosas continúan desempeñando un papel agronómico relevante, aunque su presencia sigue siendo limitada en términos de superficie. Su inclusión en las rotaciones responde principalmente a la necesidad de mejorar la fertilidad del suelo, aportar nitrógeno de forma natural y cumplir con los requisitos de diversificación exigidos por la normativa vigente.

No obstante, la inestabilidad de los precios y la sensibilidad de estos cultivos a las condiciones climáticas hacen que su expansión sea contenida y muy dependiente de la coyuntura de cada campaña. Muchas siembras de leguminosas ya se han hecho aunque en otros muchos casos se están finalizando.

¿Se está reduciendo la superficie de cereal?

El cambio más profundo se está produciendo en la estructura de cultivos a través de la expansión de los leñosos. El olivar ha reforzado su posición como cultivo estratégico en la región, consolidándose como una alternativa sólida para parcelas cerealistas de bajo rendimiento.

Su capacidad para soportar periodos prolongados de sequía, su longevidad y la posibilidad de mecanizar la mayor parte de las labores hacen que sea percibido como un cultivo estable y de menor riesgo anual.

Aunque la producción de aceite puede variar considerablemente de una campaña a otra, la superficie de olivar sigue aumentando, superando a la histórica superficie de viñedo, impulsada por una visión patrimonial y de largo plazo por parte del agricultor.

Aún más significativa es la expansión del pistacho, que se ha convertido en uno de los cultivos más dinámicos de Castilla-La Mancha. El pistacho representa una apuesta claramente orientada al futuro, basada en un análisis técnico y económico a largo plazo.

Su adaptación a las condiciones climáticas extremas de la región, su resistencia a la sequía una vez establecido y la elevada cotización del producto final han motivado que numerosas explotaciones destinen parte de su superficie tradicionalmente cerealista a este cultivo.

El pistacho no sustituye completamente al cereal, pero sí ocupa un espacio creciente dentro de las explotaciones que buscan diversificar riesgos y asegurar una mayor estabilidad económica a medio y largo plazo.

¿Qué ha pasado con la semilla certificada en esta sementera?

En paralelo a estos cambios en la estructura de cultivos, la campaña 2025/26 se ha caracterizado por una reducción significativa en el uso de semilla certificada en cereal, acompañada de un incremento notable del uso de semilla del montón o semilla propia.

Este fenómeno responde directamente a la presión económica que sufren las explotaciones cerealistas. Los bajos precios percibidos en origen en campañas anteriores han llevado a muchos agricultores a minimizar los costes de implantación, optando por reutilizar grano procedente de su propia cosecha como semilla para la siguiente campaña.

Esta decisión, aunque comprensible desde el punto de vista económico inmediato, tiene implicaciones técnicas y productivas que conviene analizar con detalle.

La semilla certificada ofrece una serie de ventajas agronómicas que han sido ampliamente contrastadas a lo largo de los años. Su principal valor reside en la garantía varietal, asegurando que el material sembrado corresponde exactamente a la variedad elegida, con una pureza genética controlada y estable.

Además, la semilla certificada presenta unos parámetros de germinación y vigor conocidos y homogéneos, lo que se traduce en nascencias más uniformes y un mejor aprovechamiento del potencial productivo del cultivo.

A ello se suma el control sanitario, ya que la semilla certificada ha superado inspecciones y análisis que reducen de forma significativa el riesgo de transmisión de enfermedades, especialmente las transmitidas por semilla. Desde un punto de vista técnico, el uso de semilla certificada facilita un manejo más previsible del cultivo y contribuye a mantener la productividad a medio y largo plazo.

Sin embargo, en un contexto de precios bajos y márgenes estrechos, el coste inicial de la semilla certificada es percibido por muchos agricultores como una barrera. Esto ha favorecido el recurso a la semilla del montón, que permite reducir de forma inmediata el gasto en la siembra.

La utilización de semilla propia ofrece como principal ventaja el ahorro a corto plazo y una mayor flexibilidad en la gestión de la explotación. No obstante, esta práctica conlleva desventajas importantes desde el punto de vista agronómico.

La semilla del montón suele presentar una germinación más irregular, menor vigor y una mayor variabilidad en el establecimiento del cultivo. Además, existe un riesgo elevado de presencia de patógenos, especialmente en campañas húmedas, y una pérdida progresiva de pureza varietal, lo que se traduce en una reducción del potencial productivo con el paso de los años.

En la campaña actual, muchos agricultores han asumido estos riesgos como una consecuencia inevitable de la situación económica del sector, priorizando la reducción de costes frente a la optimización del rendimiento.

Esta estrategia puede resultar válida a corto plazo, pero plantea interrogantes sobre su sostenibilidad a medio y largo plazo, especialmente en un contexto de cambio climático y exigencias crecientes en calidad y trazabilidad. La reducción del uso de semilla certificada no es tanto una falta de confianza en el producto como una respuesta defensiva a un escenario de rentabilidad comprometida.

Perspectivas

La agricultura de Castilla-La Mancha en 2026 refleja un proceso de adaptación constante a un entorno cada vez más complejo. El cereal sigue siendo un pilar fundamental, pero pierde peso estratégico frente a la expansión de cultivos leñosos como el olivar y el pistacho.

Las leguminosas mantienen su valor técnico sin lograr una expansión significativa, y las decisiones sobre el uso de semilla certificada o semilla propia evidencian la tensión existente entre la necesidad de reducir costes y la de mantener la calidad y el potencial productivo.

El futuro del sector pasa por encontrar un equilibrio entre estas variables, apostando por sistemas productivos más resilientes, diversificados y técnicamente sólidos, capaces de garantizar la viabilidad económica de las explotaciones en el largo plazo.

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