José Ramón Freire
Durante los últimos años, el principal argumento a favor del amoniaco renovable ha sido su capacidad para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la fabricación de fertilizantes.
Ese argumento sigue siendo plenamente válido. Sin embargo, el contexto internacional ha cambiado profundamente y hoy existen nuevas razones que hacen aún más necesaria su implantación.
La continuidad de la guerra en Ucrania, las tensiones en Oriente Medio, la incertidumbre sobre algunas de las principales rutas comerciales y la creciente competencia por los recursos energéticos han puesto de manifiesto una realidad que durante años pasó prácticamente desapercibida: la seguridad alimentaria europea depende también de la seguridad de suministro de materias primas estratégicas como el amoníaco.

Más del 70% del amoniaco producido en el mundo se destina a la fabricación de fertilizantes nitrogenados. Sin ellos sería imposible mantener los actuales niveles de productividad agrícola.
Sin embargo, la mayor parte de este amoniaco continúa produciéndose a partir de gas natural, lo que convierte al sector de los fertilizantes en uno de los más expuestos a las crisis energéticas y geopolíticas.
Europa ha vivido esta vulnerabilidad en primera persona. Las fuertes oscilaciones del precio del gas durante los últimos años provocaron un importante incremento del coste de los fertilizantes y evidenciaron hasta qué punto la agricultura europea depende de factores externos sobre los que apenas tiene capacidad de actuación.
En este contexto, el amoniaco renovable adquiere una dimensión que va mucho más allá de la descarbonización. Producido utilizando hidrógeno obtenido mediante electrólisis del agua con electricidad renovable, permite fabricar fertilizantes con una huella de carbono muy reducida y, al mismo tiempo, disminuir la dependencia de combustibles fósiles importados.
La transición no depende solo de la tecnología
Hoy sabemos producir amoniaco renovable. El verdadero desafío consiste en crear las condiciones económicas que permitan que estas nuevas materias primas puedan competir frente a alternativas convencionales que siguen siendo más baratas porque no incorporan plenamente el coste de sus emisiones.
En este punto cobra especial importancia el debate sobre el Mecanismo de Ajuste en Frontera de Carbono (CBAM). Su finalidad es sencilla: evitar que la industria europea compita en desventaja frente a productos importados fabricados con una mayor huella de carbono.
Sin mecanismos de este tipo, difícilmente podrán desarrollarse en Europa nuevas industrias basadas en materias primas renovables, ya que competirían en desigualdad de condiciones frente a producciones convencionales procedentes de terceros países.
Sin embargo, el debate está lejos de ser sencillo. En el caso de los fertilizantes, un mecanismo de ajuste demasiado limitado puede incrementar los costes de producción de los agricultores europeos sin que sus competidores internacionales soporten ese mismo esfuerzo ambiental.
Por el contrario, extender ese ajuste a los productos agrícolas importados contribuiría a preservar la competitividad de la agricultura europea, pero también podría trasladar parte de esos mayores costes al consumidor final, incrementando el precio de los alimentos y generando nuevas tensiones comerciales.
Nos encontramos, por tanto, ante un equilibrio complejo. Europa necesita crear un mercado que incentive la inversión en tecnologías bajas en carbono y reduzca su dependencia exterior, pero también debe garantizar que la transición no termine penalizando precisamente a quienes producen nuestros alimentos.
Este debate demuestra que la transición energética ya no puede entenderse únicamente desde la perspectiva del sector energético. Energía, agricultura, industria y logística forman parte de una misma cadena de valor.
Las decisiones que hoy se adopten sobre los fertilizantes condicionarán la huella de carbono de los cultivos y, en consecuencia, la de los alimentos, los piensos, el bioetanol, los combustibles sostenibles para la aviación y numerosos productos de origen biológico.
En otras palabras, la transición energética comienza mucho antes de que consumamos energía. Comienza en las materias primas.
España reúne unas condiciones excepcionales para liderar esta transformación. Su extraordinario potencial en energías renovables, una industria química consolidada, una amplia red portuaria y una posición geográfica estratégica la sitúan entre los países con mayor capacidad para producir amoníaco renovable de forma competitiva.
Aprovechar esta oportunidad supondría no solo reducir las emisiones asociadas a la producción de fertilizantes, sino también reforzar la autonomía estratégica europea, atraer nuevas inversiones industriales, generar empleo de alto valor añadido y ofrecer al sector agrario un suministro de fertilizantes más estable y menos expuesto a las incertidumbres geopolíticas.
La agricultura ha sabido adaptarse a todas las grandes transformaciones tecnológicas de las últimas décadas. La transición hacia fertilizantes renovables constituye una nueva oportunidad para avanzar simultáneamente en sostenibilidad, competitividad y seguridad de suministro.
Porque producir fertilizantes con una menor huella de carbono no significa únicamente proteger el clima. Significa también construir una agricultura más resiliente, una industria más competitiva y una Europa con mayor capacidad para decidir su propio futuro en un contexto internacional cada vez más incierto.








