InicioCerealAhorrar analizando el suelo

Ahorrar analizando el suelo

Con la siembra a la vuelta de la esquina y un otoño que se prevé decisivo, ajustar la fertilización mediante datos agronómicos es la única vía para proteger los márgenes en un escenario climático cada vez más exigente

Emilio González Izquierdo

Los termómetros aún no han comenzado a bajar, pero el ritmo de trabajo se acelera en el campo español. La campaña de siembra de colza y cereal de invierno está a punto de arrancar. El calendario lo pide, pero el cielo tiene la última palabra. Las primeras lluvias permitirán que las labores se extiendan por toda la geografía española durante los próximos meses.

En este compás de espera, en el que la adaptación del cultivo a las diversas condiciones climáticas y edáficas supone un reto diario, hay una decisión estratégica que no admite demora: el análisis de suelo.

Parece una perogrullada, pero en años de estrecheces económicas, muchos agricultores recortan en análisis de suelo. Es un error. Conocer el pH, los niveles de fósforo, potasio y, sobre todo, la materia orgánica, es el punto de partida para una buena sementera.

El suelo es el mayor activo de la explotación. Un análisis preciso permite ajustar las enmiendas y evitar aplicar fertilizantes «a ojo», lo que en el actual contexto de precios supone tirar el dinero por la alcantarilla. En tiempos de márgenes asfixiantes, la intuición no paga las facturas; los datos sí. Un análisis de suelo supone una inversión mínima y puede marcar la diferencia entre una campaña rentable y una ruinosa.

Corroborar y prever

Para entender la utilidad práctica de estos datos en el día a día, basta con escuchar a quienes pisan el terreno y conocen la idiosincrasia de nuestras tierras. Luis Alonso, técnico de la Cooperativa Bureba Ebro, que opera en una de las zonas cerealistas más productivas de España, lo tiene claro: «Un análisis de suelo siempre es de ayuda para corroborar el trabajo realizado en campañas anteriores en cuanto a abonado se refiere».

Alonso explica que el análisis sirve para «echar cuentas»: comprobar si hemos devuelto al suelo lo que el cultivo anterior se llevó. Su objetivo es verificar «si se han repuesto las extracciones de elementos importantes como NPK o incluso de microelementos que en algunos casos pueden marcar la diferencia, como puede ser el magnesio y el boro». Y es que cultivos como la colza son auténticas «esponjas» de boro y azufre; ignorarlo es garantizar problemas en la floración y el cuajado.

«Para comprobar si se han repuesto las extracciones de elementos importantes como NPK o incluso de micro elementos que en algunos casos pueden marcar la diferencia como puede ser el magnesio y boro» Luis Alonso.

Por otro lado, el análisis también nos avisa de los «agujeros» que hemos dejado en la tierra. El técnico alerta de los riesgos de no haber repuesto esos nutrientes, un error que suele ocurrir por dos motivos muy habituales: «ya sea por un recorte de abono de fondo acompañado de cosechas altas o por cultivos que sean esquilmantes».

«O si por el contrario no se han repuesto esas extracciones, ya sea por un recorte de abono de fondo acompañado de cosechas altas, o por cultivos que sean esquilmantes» Luis Alonso.

En definitiva, si el año pasado sacaste mucho y abonaste poco, o si el cultivo anterior agotó la tierra, el análisis de suelo te lo dirá antes de sembrar. Por eso «nosotros recomendamos un análisis de suelo cada ciertos años» concluye.

Luis Alonso, técnico Bureba Ebro

La conductividad: el semáforo de la asimilación

Más allá de la clásica tríada NPK y el pH, hay un parámetro que los técnicos de campo están empezando a poner en el foco de los cuadernos de explotación: la conductividad eléctrica (CE). ¿Por qué es crucial medirla antes de implantar la semilla?

La conductividad nos habla de la salinidad del suelo y de su capacidad real para asimilar nutrientes. Un exceso de sales no solo bloquea la absorción radicular por estrés osmótico, sino que puede comprometer la nascencia de la semilla. Esto es especialmente crítico en años donde el lavado del perfil edáfico ha sido insuficiente.

Conocer la CE permite al agricultor elegir variedades más tolerantes, ajustar la dosis de arranque o aplicar correctivos antes de que la plántula sufra un estrés hídrico-fisiológico letal en sus primeras semanas de vida.

El clima dicta los tiempos, el suelo marca el ritmo

La diversidad climática de España exige esta radiografía previa. No es lo mismo preparar la cama de siembra para un trigo candeal en la campiña sevillana que para una colza en la meseta central o una cebada maltera en los campos burgaleses. Las variedades deben adaptarse a las horas frío, a la rusticidad frente a la sequía terminal y a la disponibilidad real de agua.

Si las lluvias de septiembre y octubre acompañan, la ventana de siembra será óptima y el cultivo aprovechará el otoño para ahijar y desarrollar un sistema radicular robusto. Si se retrasan, y nos vemos abocados a sembrar en diciembre con el suelo frío y reseco, la reserva de nutrientes y la estructura del suelo evaluadas en el laboratorio serán el colchón que salve la cosecha.

La información suma. Y en el campo, la información se traduce en kilos por hectárea, en eficiencia y en rentabilidad económica.

NOTICIAS RELACIONADAS
spot_img
spot_img
spot_img