María Álvarez Escalante
El Día Mundial de la Agricultura no es una simple fecha conmemorativa. Es un recordatorio periódico del papel estratégico de un sector en permanente reestructuración. Hoy, la actividad agraria española se encuentra atrapada entre tres presiones simultáneas: el impacto del clima, la volatilidad del comercio internacional y la falta estructural de mano de obra y relevo generacional.
Sin rentabilidad económica, cualquier discurso sobre sostenibilidad o soberanía alimentaria carece de base real.
Relevo generacional
El problema demográfico del campo es, quizás, la amenaza más acuciante. En España, cerca del 39,5 % de los perceptores de las ayudas de la Política Agrícola Común (PAC) supera los 65 años, mientras que el porcentaje de jóvenes menores de 40 años no alcanza el 9 %. Aunque el sector da empleo a más de 787.000 personas en más de 16,7 millones de hectáreas de cultivo, incorporar nuevos profesionales exige romper barreras históricas como el acceso a la tierra, la burocracia y la financiación. En este sentido, la mano de obra extranjera ha demostrado ser indispensable: los recientes procesos de regularización han sumado más de 30.000 afiliados al sector, representando el 9 % de las altas, aunque las organizaciones agrarias señalan que aún se necesitan planes de formación y alojamiento para dar estabilidad a estas plantillas.
El clima
A la tensión laboral se añade el impacto directo de la crisis climática. Planificar una campaña agrícola es hoy una tarea de alto riesgo económico debido a la frecuencia de fenómenos extremos. Solo en el último mes de agosto, las tormentas de granizo provocaron el mayor pico de siniestralidad en la historia del seguro agrario, con 54.600 hectáreas dañadas e indemnizaciones estimadas en 50 millones de euros según Agroseguro. Si a esto se suman las más de 116.500 hectáreas de cultivo devoradas por los incendios en la última década, la modernización de los sistemas de riego y la adaptación técnica dejan de ser recomendaciones teóricas para convertirse en herramientas indispensables.
Inestabilidad
El tercer frente es el mercado. España mantiene una balanza comercial agraria netamente exportadora, con un superávit de 17.000 millones de euros sustentado en producciones clave como las frutas de hueso o el aceite de oliva. Sin embargo, la inestabilidad geopolítica y los costes de producción han provocado un descenso del 11,4 % en ese saldo comercial positivo durante el último año. Frente a este escenario, los productores exigen reglas de juego parejas, a través de mecanismos como las cláusulas espejo frente a importaciones de terceros países, y una PAC sólida que priorice a la agricultura familiar sin sobrecargarla con trabas administrativas.
Nuestras fortalezas
Sin embargo, en medio de estos desafíos estructurales, el campo español demuestra una capacidad de resiliencia y tracción económica extraordinarias. Las cifras más recientes reflejan dinámicas muy positivas: las exportaciones agroalimentarias continúan superando los 77.000 millones de euros anuales y la agricultura se sitúa como la única actividad económica donde bajó el desempleo durante el último mes de agosto, con un descenso del 1,3 %. Además, existe una transformación silenciosa pero imparable en la profesionalización del sector, donde la implantación de la digitalización, el riego de precisión y la adopción de prácticas sostenibles están convirtiendo al tejido agrario nacional en un referente global de eficiencia hídrica y tecnológica.
Existe una transformación imparable en la profesionalización del sector
La viabilidad del modelo agrícola español no pasa por fórmulas mágicas, sino por un equilibrio imprescindible. Se necesitan políticas que aporten certidumbre en precios, modernización hídrica e incentivos reales para el relevo. Garantizar que el campo sea un negocio rentable es la única vía para asegurar que siga habiendo agricultores cultivando la tierra mañana.







