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El campo no puede seguir

Quienes deben aportar soluciones deben saber que el paso de los días no apagará la exigencia

Indignación. Gastos. Precios. Rentabilidad. Burocracia. Dignidad. Personas.

Este mes hemos llenado la portada de palabras. Al leerlas, pienso en las conversaciones que mantenemos con agricultores y ganaderos, en quienes nos cuentan sus problemas y todavía encuentran fuerzas para hablar de la próxima campaña. Detrás de cada palabra hay alguien haciendo cuentas. Y detrás de esas cuentas, una familia y unas ganas de seguir que no deberían agotarse.

Porque cuesta escuchar a un agricultor preguntarse si merece la pena sembrar. Cuesta pensar que una tierra trabajada durante generaciones pueda quedarse esperando porque quien la cultiva ya no puede asumir otra campaña sin rentabilidad. En el cereal, esa preocupación pesa especialmente. No hablamos solo de una cosecha: hablamos de la vida que se ha construido alrededor de ella.

Las movilizaciones vuelven a llevar ese cansancio a la calle. El campo pide poder vivir de su trabajo. Pagar sus gastos, mantener su explotación y llegar a casa con la tranquilidad de que tanto esfuerzo tiene sentido. Algo que todos queremos para nosotros y que también debemos querer para quienes producen nuestros alimentos.

Claro que hacen falta ayudas. Pero hace falta, además, sentirse acompañado. Saber que al otro lado hay una Administración que escucha, que conoce el terreno que pisa y que se pregunta cómo va a afectar cada decisión a quien tiene que levantarse mañana para trabajar. No puede tender una mano con una ayuda y cargar la otra de papeles, impuestos y obligaciones.

Llevamos mucho tiempo defendiendo el valor del origen. Y el origen tiene nombre, rostro y familia. Es el agricultor, es el ganadero. De su trabajo nace una cadena que genera empleo y riqueza, y una parte justa de ese valor tiene que volver a sus manos. La industria y la distribución deben comprometerse también con quienes hacen posible que todo empiece.

Hay que cuidar el agua, la tierra y el medio ambiente. Y hay que hacerlo contando con quienes trabajan en ellos, dándoles conocimiento, medios y alternativas. No podemos dejar sobre sus hombros toda la responsabilidad ni exigirles condiciones que después olvidamos cuando compramos fuera.

Pero también nosotros, como sector, tenemos una tarea pendiente. Cuando los tractores regresen a los pueblos, las reivindicaciones deben seguir vivas. Sabemos que después esperan la siembra, los animales y el trabajo atrasado. Precisamente por eso necesitamos mantenernos unidos, acompañar a quienes nos representan y pedir que cada compromiso tenga seguimiento. Que la urgencia de volver al campo no se confunda con habernos olvidado.

Quienes deben aportar soluciones tienen que saber que el paso de los días no apagará la exigencia. Salir juntos es importante. Seguir juntos después es lo que puede cambiar las cosas.

El campo no puede seguir siendo el pagano de todas las crisis. Sin rentabilidad desaparece el productor. Y con él perdemos todos.
Menos cuentos y más cuentas. ¡Mucho ánimo a todos!

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