Ricardo Ortega
El sector de la patata inicia un nuevo ejercicio empeñado en hallar la fórmula de la estabilidad, cuando aún está reciente una campaña 2025 marcada por los bajos rendimientos y la volatilidad en los precios.
Productores, comercializadores y técnicos han mantenido su cita anual en El Carpio (Valladolid) un Congreso de la Patata convocado bajo el signo de la incertidumbre y en el que, una vez más, la conclusión es que la única fórmula posible es el diálogo: un análisis realizado entre todos los eslabones de la cadena sin dejar ninguno fuera, que parta de un diagnóstico conjunto y que desemboque en compromisos por parte del productor, del operador, de la industria y también del sector de la alimentación.
El año que acabamos de despedir incrementó la superficie de cultivo en un 10%, hasta las 66.700 hectáreas, según cifras del Ministerio de Agricultura. Sin embargo, la producción cayó en torno al 2%. La meteorología condicionó tanto las siembras como el desarrollo posterior de las plantas, y en el balance final pudo verse que el sufrimiento de las variedades tempranas y de media estación lastraba las cifras globales.
¿Qué sucederá este año? Aunque es pronto para saberlo, todo parece indicar que se puede caminar hacia un ajuste en la superficie dedicada a este cultivo. No se puede perder de vista que la superficie española de patata venía de una tendencia descendente de casi una década.
En el periodo 2016-2024 el número de hectáreas caía un 26%, dentro de una tendencia que afectaba a la práctica totalidad de las zonas productoras.
En Castilla y León se pasaba de 21.500 a 17.400 hectáreas, en Galicia de 13.400 a 8.700 y en Canarias la evolución era de 3.000 hectáreas a 1.500. El caso andaluz era más matizado, al pasar de 8.600 a 7.600 hectáreas.
Por eso 2025 ha sido un año ajeno a esa evolución decreciente, con un incremento de superficie que respondía al buen comportamiento de todos los ciclos de cultivo. Solo las variedades extratempranas crecieron en menor medida.
En cuanto a la producción, la comparación con la campaña anterior muestra caídas cercanas al 9% registradas en las variedades tempranas y de media estación; el buen comportamiento de la patata extratemprana y tardía no fue suficiente para compensar esa caída.
La producción disminuía en comunidades muy identificadas con la patata, como Andalucía o Galicia. Esta comunidad fue la más castigada por la meteorología, puesto que las fuertes lluvias retrasaron la plantación hasta bien entrado mayo. A finales de junio, además, los fuertes calores quemaron algunos brotes y causaron paradas vegetativas.
En el extremo opuesto, Castilla y León fue la comunidad mejor tratada y la que más incrementó su oferta de tubérculo, a pesar de que las variedades tempranas se sembraron tarde por culpa de las lluvias primaverales.
En todo caso, lo más destacable es que la patata tardía supera por primera vez a la de media estación, que queda relegada al segundo lugar. La disminución de la patata de media estación -de 900.000 a 700.000 toneladas- frente a la estabilidad de las variedades tempranas y tardías ha hecho que estas cobren mayor relevancia en el conjunto de la producción nacional.
Como en todo sector económico, la piedra angular del sistema está en el consumo, con cifras que siguen cayendo un año tras otro.
El año pasado se consumieron en España más de 800.000 toneladas de patata, en unas cifras similares a las del ejercicio anterior, aunque con un descenso del 7% respecto a la media de los últimos cinco años.
Se da la paradoja, por tanto, de que se reduce el consumo de patata a pesar de que aumenta la población: el Instituto Nacional de Estadística (INE) ha publicado que ya hay más de 49 millones de personas residiendo de forma permanente en nuestro país.
Según el panel de consumo del Ministerio de Agricultura, además, el consumo de este alimento ha sufrido una fuerte reducción en la última década al mismo tiempo que aumentaba el precio de venta al público.
Si en 2016 el consumo de patata fue de 30,32 kilos por persona y año, ocho años más tarde, en 2024, la cifra había caído un 15% hasta los 25,8 kilos per cápita.
Pero no todos los productos caían de igual manera. En el caso de la patata fresca, el consumo desciende el 22%, lo que obedece a un ligero desplazamiento de la patata fresca en favor de la procesada. El mismo fenómeno se observa a nivel mundial.
Aquí hay que prestar atención a un índice fundamental, el llamado Consumo Total Aparente, que se obtiene de sumar la producción nacional y la patata importada, cifra la que deberemos restar las exportaciones.
Ese consumo aparente español se ha reducido el año pasado un 8,25% con respecto al ejercicio anterior y ha caído 2,6% en comparación con la media de los últimos cinco años. Esta disminución se explica por la fuerte caída de las importaciones, bastante superior a la reducción registrada en las exportaciones.
Una de las conclusiones más destacadas es la reducción en los flujos de producto entre países. La otra es que, en el caso de la patata fresca, ha caído más el valor que el volumen de las operaciones: en 2025 se ha pagado menos por la patata tanto en exportación como en importación, fruto del exceso de producto disponible en los principales mercados internacionales.
Esta disparidad entre la caída del valor y la del volumen se atenúa hasta casi desaparecer en el caso de la patata procesada, que mantiene mejor su valor gracias al mayor valor añadido asociado a su transformación.
De hecho, el mercado mundial de procesamiento se estimó en 37.850 millones de dólares hace dos años y se prevé que crezca a una tasa anual del 5,9% hasta 2030. Un dato está lejos de ser anecdótico, puesto que refleja los cambios que experimentan los hogares de buena parte del mundo: el consumidor tiene poco tiempo para cocinar y se inclina cada vez más por los productos fáciles de preparar, o incluso listos para comer directamente.
Si continuamos el análisis por sectores, las cifras revelan una caída del consumo de patata fresca del 3%, mientras la procesada aumenta un 4% y la congelada se dispara un 13% anual.
En relación con ello destaca el muy bajo gasto que hace cada consumidor en este alimento. Según el Ministerio de Agricultura, cada español gasta apenas 33 euros al año en patata: 22,77 euros de patata fresca, 2,27 en patata procesada y 10,18 euros en patata congelada.
Según el mismo informe, el 52% de la patata fresca se adquiere en supermercados e hipermercados; las tiendas tradicionales suponen el 28% de las compras, con un retroceso del 11% en un año.
¿Quién nos vende su patata?
Francia lidera las ventas de patata a España, aunque en 2025 redujo sus ingresos un 20% debido a la caída -en ese mismo porcentaje- del precio por unidad.
También muestran comportamientos interesantes otros países con un peso más moderado, pero igualmente significativo. En el caso de Israel, incrementó tanto el valor como el volumen de sus ventas, pese a una reducción del 6% en su precio unitario.
Por su parte, Países Bajos destaca por presentar el precio unitario más elevado del grupo y, además, por haberlo incrementado en comparación con el año anterior, lo cual le permitió aumentar sus ingresos. Con ello compensó la ligera reducción del volumen exportado.
La campaña al norte de los Pirineos estuvo condicionada por dos escenarios climáticos principales. En primer lugar, por la sequía que afectó al norte y centro de Europa durante la fase de siembra. En los principales países productores de la NEPG (North-Western European Potato Growers: Bélgica, Alemania, Países Bajos y el norte de Francia), muchas regiones sufrieron desde mediados de febrero un fuerte déficit hídrico, lo que generó una creciente preocupación sobre la emergencia y el desarrollo de las plántulas.
Pero pesar de estos problemas iniciales, los informes de final de campaña revelan que esos países cerraban 2025 con una cosecha récord. Ello se debe, por un lado, al aumento de la superficie sembrada -con hasta 40.000 hectáreas adicionales en los cuatro países- y, por otro, a la mejora de las condiciones meteorológicas (el segundo escenario) una vez superado el momento de crisis. La combinación de una mayor superficie y mejores rendimientos desembocó, finalmente, en un exceso de oferta.
A partir de ahí, la situación de mercado bajo presión ha sido generalizada en todos los grandes países productores, con precios especialmente bajos para las superficies que fueron sembradas sin contrato.
La asociación de productores NEPG lamenta que la patata fuera de contrato se mueve en niveles históricamente bajos, sin apenas interés comprador.
Paralelamente, la industria ha anunciado que reducirá los precios de los contratos y también las cantidades contratadas para 2026-2027. Esto significa que el productor se enfrenta a un doble golpe: menos patata vendida bajo contrato y menor precio por tonelada contratada.
En este contexto, el riesgo de que buena parte de la cosecha quede expuesta al mercado libre –donde las cotizaciones ya están hundidas– es muy elevado. La propia NEPG resume la situación con una frase contundente: “Solo sobrevivirán los más fuertes”.
La asociación destaca que entre Francia, Alemania, Bélgica y Países Bajos se alcanzaron en 2025 las 27.242.000 toneladas de tubérculo, un 10,4% más que el año anterior.
El aumento de la producción no es casual. La NEPG detalla tres factores agronómicos clave:
-Aumento de superficie: sube hasta 608.062 hectáreas, un 6,8% más que el año anterior. Si se compara con la media de los cinco años anteriores, el incremento es del 15,9%.
-Mejores condiciones de plantación en las siembras tempranas.
-Rendimientos más altos: el rendimiento medio de la NEPG pasa de 43,2 toneladas por hectárea en 2024 a 45,2 en 2025, un 4,5% más.
El resultado final es un clásico en los mercados agrícolas: más superficie y mayores rendimientos, justo en un momento en el que la demanda internacional se está frenando.
¿Qué pasa con la patata congelada?
En las dos últimas campañas se ha producido un cambio muy relevante en el subsector de las patatas fritas congeladas. China e India han multiplicado por diez sus exportaciones de esta patata, hasta superar las 500.000 toneladas.
Mientras tanto, las exportaciones de la UE-27 encadenan dos campañas consecutivas de descenso. La NEPG menciona varios factores que restan competitividad a la industria europea de patata frita congelada:
-Los aranceles de Trump, que encarecen la entrada de producto europeo en determinados mercados.
–Fortaleza del euro frente al dólar, que resta competitividad a las exportaciones europeas.
-Auge de nuevos productores de patata frita congelada. Además de China e India, se suman países como Egipto o Turquía.
Es decir, no solo hay más patata en Europa, sino que la salida exportadora es cada vez más complicada y está siendo ocupada por nuevos actores.
Con vistas a 2026, desde la Plataforma Tierra se prevé un año de transición, de “ajuste”. España podría volver a la senda de reducción de superficie bajo un clima de mayores costes y riesgos agronómicos, mientras que Europa avanzará muy probablemente hacia un escenario de contracción para corregir los desequilibrios de la campaña anterior.
La evolución de los precios en los contratos y la disponibilidad de agua serán factores determinantes para la rentabilidad del sector en la próxima campaña.
Las claves del año residirán en la planificación, la gestión eficiente de los recursos y el seguimiento de las tendencias europeas. Pero también, evidentemente, en que la sucesión de borrascas permita plantar dentro de plazo y en buenas condiciones para el cultivo.







