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El campo en la tormenta perfecta: costes, geopolítica y la urgencia de producir de otra manera

En el nuevo escenario, el precio de venta ya no lo fijan solo el mercado local ni la campaña; lo condicionan decisiones que se toman en Pekín, Moscú o Washington

Rogelio Pozo

La alimentación ha dejado de ser únicamente un sector económico para convertirse en un asunto de seguridad nacional. Siempre lo explico de forma directa: la alimentación es tan importante como la energía. Y cuando un recurso alcanza ese estatus estratégico, las reglas del mercado cambian.

Lo estamos viendo en tiempo real. Países que compran tierras fuera de sus fronteras, fondos soberanos que adquieren empresas agrícolas, potencias que controlan el suministro de fertilizantes o semillas como palanca de influencia.

China es el caso más ilustrativo: mayor productor y consumidor de carne del mundo, pero estructuralmente deficitaria en agua y tierra para alimentar a su población. Eso la convierte en un comprador permanente y masivo que, cuando entra en el mercado global de cereales o proteínas, mueve precios en todas las bolsas del mundo.

Rogelio Pozo, CEO de AZTI y director de la Food 4 Future World Summit.

La guerra de Ucrania lo evidenció con una claridad brutal. La interrupción de los flujos de trigo, maíz y aceite de girasol no fue una anomalía pasajera: fue la señal de que Europa es mucho más vulnerable de lo que creía.

Para el agricultor, la consecuencia es directa y cotidiana: el precio al que vende ya no lo fija solo el mercado local ni la campaña; lo condicionan decisiones que se toman en Pekín, Moscú o Washington.

Costes que no dan tregua

Si hay un tema que domina hoy las conversaciones en el campo, es el coste de producir. Y no hablamos de una presión puntual: hablamos de una transformación estructural que no tiene vuelta atrás a corto plazo.

La energía es el primer factor. El riego, el secado de grano, la climatización de instalaciones ganaderas, la maquinaria: todo es intensivo en energía.

Los precios energéticos se multiplicaron de forma extraordinaria entre 2021 y 2023 y, aunque se han moderado parcialmente, siguen siendo estructuralmente más altos que antes de la pandemia. Quien pensaba que era una crisis temporal lleva ya tres años comprobando que no lo era.

Los fertilizantes son el segundo golpe, y quizás el más sistémico. Su precio se disparó con el conflicto en Ucrania —Rusia y Bielorrusia controlan una parte muy relevante del mercado de potasa y amoniaco— y todavía no ha recuperado niveles anteriores.

Para los cultivos extensivos, esto es determinante: el margen entre el coste de producción y el precio de venta se ha comprimido hasta extremos que en algunas campañas no dan para cubrir los costes variables.

A esto se suman semillas y fitosanitarios, cada vez más concentrados en pocas compañías globales, lo que reduce el poder de negociación del agricultor. Y el agua, que en amplias zonas del sur y el levante español ya no es un recurso de planificación estable, sino una variable de incertidumbre creciente.

El resultado es un efecto tijera que no engaña: costes de producción al alza por múltiples frentes simultáneos y precios de venta sujetos a la presión de una distribución con enorme poder de negociación. Ese desequilibrio es el problema estructural que el sector necesita resolver, no con subvenciones coyunturales, sino con estrategia de largo plazo.

Producir de otra manera: tecnología como necesidad

El reto no admite ambigüedad: necesitamos producir más alimentos -o al menos los mismos con mayor calidad y valor- con menos recursos y con mayor estabilidad ante la variabilidad climática. Y no podemos hacerlo con el modelo de las últimas décadas.

Las tierras tienen límites productivos, el uso intensivo de insumos ya no garantiza mayores rendimientos y las campañas extremas -sequías prolongadas, lluvias torrenciales, heladas tardías- han dejado de ser excepciones para convertirse en variables de planificación. En este contexto, la tecnología deja de ser una opción estratégica para ser una necesidad operativa.

Las herramientas existen y algunas ya funcionan a escala:

  • La agricultura de precisión permite ajustar el uso de agua, fertilizantes y fitosanitarios a las necesidades reales de cada parcela, reduciendo costes y minimizando el impacto ambiental. Con los precios actuales de los insumos, el retorno de la inversión en sensórica y análisis de datos es cada vez más rápido.
  • La agricultura regenerativa está demostrando que recuperar la salud del suelo —su materia orgánica, su biodiversidad microbiana, su capacidad de retención hídrica— no solo mejora la resiliencia ante la sequía, sino que puede reducir la dependencia de fertilizantes sintéticos a medio plazo.
  • La digitalización de la gestión de explotaciones -cuadernos de campo digitales, plataformas de planificación agronómica, conexión con mercados- permite tomar decisiones con datos en lugar de con intuición, y eso en un entorno volátil es una ventaja competitiva concreta.
  • El aprovechamiento de subproductos y la reducción de pérdidas en campo -que en algunos cultivos superan el 20-30%- son palancas de rentabilidad inmediata que no requieren grandes inversiones de capital.

No se trata de sustituir el modelo agrario tradicional, sino de hacerlo más eficiente, más robusto y rentable en el nuevo entorno de costes.

Resiliencia: la palabra que el campo necesita apropiarse

Resiliencia se ha convertido en uno de esos conceptos que se repiten tanto que corren el riesgo de vaciarse de contenido. Conviene precisar qué significa en la práctica agraria.

Resiliencia no es resistir y aguantar: es reducir dependencias críticas, anticipar disrupciones y mantener la actividad cuando el entorno se vuelve adverso. En el contexto actual, eso se traduce en decisiones muy concretas:

  • Diversificar proveedores de insumos y no depender de un único canal de suministro para fertilizantes, semillas o energía.
  • Invertir en eficiencia hídrica -riego por goteo, sensórica de humedad, variedades más tolerantes al estrés hídrico- porque el agua seguirá siendo el recurso más escaso y el más estratégico en España.
  • Planificar rotaciones y cubiertas vegetales que reduzcan la necesidad de fertilización química y mejoren la estructura del suelo.
  • Fortalecer los contratos con la industria transformadora para reducir la exposición a la volatilidad de precios en origen.

Esto no es solo sostenibilidad, aunque también lo sea. Es rentabilidad y continuidad de la actividad. Las explotaciones que han trabajado en esta dirección han gestionado mejor los últimos tres años de turbulencia. Las que no, han sufrido más —y algunas no han sobrevivido.

Del coste a la estrategia: el paso que el sector no puede aplazar

El sector agrario español tiene fortalezas reales: conocimiento, diversidad de cultivos, una industria agroalimentaria potente y una creciente demanda internacional de productos de calidad diferenciada. Pero el entorno será cada vez más exigente, y las ventajas del pasado no garantizan la competitividad del futuro.

La conversación ya no puede centrarse solo en cuánto producimos, sino en cómo producimos, con qué eficiencia y cómo generamos más valor por unidad de recurso empleada. Eso requiere un cambio de mentalidad en tres niveles:

En la explotación, pasar de gestionar la campaña a gestionar la empresa agraria con criterios económicos y de largo plazo. En la cadena, colaborar más estrechamente con la industria transformadora para desarrollar productos de mayor valor añadido y reducir el poder asimétrico de la gran distribución. Y en el sector, trabajar colectivamente en la imagen de la producción española —trazabilidad, calidad, sostenibilidad— para posicionarse en mercados internacionales donde esas credenciales tienen un precio.

Ese es precisamente uno de los grandes debates que ganan peso en foros como Food 4 Future World Summit, donde se cruzan tecnología, ciencia y sector productivo para encontrar soluciones aplicables, no solo tendencias. Ya no se trata solo de innovar en producto: se trata de innovar en el sistema completo.

El campo siempre ha sabido adaptarse. Esa capacidad de resiliencia es real y merece reconocimiento. Pero ahora el reto no es solo resistir: es hacerlo con más inteligencia económica, más tecnología y menos dependencias. Porque en los próximos años no bastará con producir más. Habrá que producir mejor, con menos riesgo y con mayor capacidad de generar valor donde el mercado lo demanda.

Rogelio Pozo es CEO de AZTI y director de la Food 4 Future World Summit


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