José Ramón Díaz de los Bernardos
Hay conversaciones que se repiten cada año en el campo. Que si ha llovido poco, que si ha llovido demasiado, que si el cereal está barato, que si el abono ha subido, que si este año habrá que sembrar menos, que si merece la pena echar un complejo, que si la urea volverá a subir, que si el vecino va a echar más kilos o que si esta variedad aguanta mejor el secano.
Sin embargo, hay una conversación que cada vez ocupa más espacio y que, en mi opinión, va a determinar buena parte de las decisiones de las próximas campañas: ¿hasta dónde merece la pena invertir en un cultivo cuando los costes de producción son elevados, los precios de venta no acompañan y nadie puede garantizar el rendimiento que vamos a obtener?
Porque durante demasiado tiempo hemos confundido producción con rentabilidad. Hemos construido una agricultura en la que muchas veces parece que el éxito de una campaña se mide por el número de toneladas que salen de una hectárea. Y, evidentemente, producir es importante. Muy importante. Pero hay algo que debería importar todavía más: qué queda en el bolsillo del agricultor después de producirlas. Porque una hectárea que produce mucho y pierde dinero no es una buena hectárea.
El fertilizante es una inversión sometida a riesgo
El agricultor está pagando antes de saber cuánto va a cobrar. Ésta es una realidad que muchas veces se olvida cuando hablamos de agricultura desde fuera del campo. El agricultor tiene que invertir antes de saber qué va a producir. Compra la semilla, prepara el terreno, siembra, fertiliza, realiza tratamientos, consume gasóleo, paga maquinaria, asume arrendamientos y contrata servicios.
Y todo eso ocurre mucho antes de saber si la campaña será buena, regular o mala. Mientras tanto, nadie le firma un papel garantizándole que tendrá la cosecha que necesita para recuperar la inversión. Nadie le garantiza que lloverá. Nadie le garantiza que no habrá un golpe de calor. Nadie le garantiza que una enfermedad no aparecerá. Nadie le garantiza que el precio del cereal será suficiente y, por supuesto, nadie le garantiza que una determinada dosis de fertilizante se transformará en kilos de cosecha.
Sin embargo, seguimos hablando del fertilizante como si fuera simplemente una compra más. No lo es. El fertilizante es una inversión sometida a riesgo.
El problema no es fertilizar; es fertilizar por costumbre
El problema no es fertilizar; el problema es fertilizar por costumbre. No creo que la solución pase por dejar de fertilizar. Los cultivos necesitan nutrientes. El nitrógeno sigue siendo fundamental para el desarrollo y la producción de los cereales. El fósforo tiene una importancia enorme en determinados suelos y situaciones. El potasio desempeña funciones esenciales en la planta.
El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos qué necesita realmente la parcela y empezamos a aplicar una receta porque siempre se ha hecho así. Ése es el verdadero enemigo: la costumbre, el automatismo, el «aquí siempre echamos esto», el «mi vecino va a echar tantos kilos», el «el año pasado funcionó».
No necesitamos el máximo rendimiento. Necesitamos el máximo rendimiento rentable
No necesitamos el máximo rendimiento. Necesitamos el máximo rendimiento rentable. Durante años hemos perseguido el máximo rendimiento y tiene lógica. El agricultor quiere producir, quiere aprovechar su tierra y quiere sacar el máximo partido a su trabajo. Pero cuando el precio de venta es bajo y los costes de producción son elevados, la pregunta cambia.
Ya no basta con preguntarse cuánto puedo producir. Tenemos que empezar a preguntarnos cuánto me cuesta producirlo y cuánto me pagan por ello. Porque podemos conseguir una cosecha magnífica y descubrir después que hemos invertido tanto dinero que el margen es prácticamente inexistente.

La verdadera agricultura rentable consiste en transformar recursos en producción y producción en margen. Y en ese proceso, el fertilizante debe ocupar el lugar que le corresponde: una herramienta, no un objetivo.
El fertilizante no fabrica agua
El fertilizante no fabrica agua. Podemos aumentar la disponibilidad de nitrógeno, podemos mejorar la nutrición y podemos intentar que el cultivo alcance un mayor potencial, pero si la planta no dispone del agua necesaria para desarrollar ese potencial, la respuesta será limitada.
La agricultura de secano obliga a convivir con la incertidumbre y precisamente por eso debemos ser mucho más inteligentes a la hora de decidir cuánto riesgo asumimos.
El suelo no es una caja vacía
El suelo no es una caja vacía. El suelo tiene historia. Tiene reservas, materia orgánica, nutrientes, estructura, microorganismos y capacidad de almacenar agua. Y todo eso condiciona la respuesta del cultivo.
Por eso, antes de decidir cuánto fertilizante necesitamos, deberíamos mirar qué tenemos debajo. No tiene sentido aportar nutrientes que el suelo ya dispone en cantidades suficientes si el cultivo no va a responder económicamente a esa aportación. Y tampoco tiene sentido ahorrar precisamente en un nutriente que está limitando la producción.
La clave está en distinguir una cosa de la otra. Y para hacerlo necesitamos conocimiento. Necesitamos análisis. Necesitamos observar. Necesitamos conocer el comportamiento histórico de nuestras parcelas.
Hay que dejar de hablar de gasto y empezar a hablar de retorno
Hay que dejar de hablar de gasto y empezar a hablar de retorno. Éste debería ser el lenguaje de la agricultura moderna. No deberíamos decir simplemente «este fertilizante cuesta tanto», sino preguntarnos qué respuesta esperamos obtener de esa inversión.
No deberíamos decir simplemente «voy a reducir tantos kilos», sino preguntarnos qué impacto tendrá esa reducción sobre nuestra producción y nuestro margen. Tampoco deberíamos decir «voy a echar más porque quiero producir más», sino preguntarnos si nuestra parcela tiene capacidad para transformar esa inversión en producción.
Estas preguntas son mucho más incómodas, pero también son mucho más profesionales.
No todas las hectáreas tienen que dar el máximo
Quizá tengamos que aceptar que algunas hectáreas no necesitan ser exprimidas. Hay una idea que debemos recuperar: no todas las hectáreas tienen que dar el máximo de sí mismas todos los años.
En ocasiones, la estrategia más inteligente puede ser aceptar un rendimiento moderado y mantener controlado el coste. No es abandonar la parcela. Es conocerla. Y conocer los límites de una parcela también es una forma de conocimiento agronómico.
Porque hay algo peor que producir poco: invertir mucho para producir poco.
El agricultor necesita margen, no medallas
El agricultor necesita margen, no medallas. Durante demasiado tiempo hemos premiado al agricultor que consigue el mayor rendimiento. Pero quizá deberíamos empezar a valorar también al agricultor que consigue una producción razonable con una estructura de costes eficiente. Al que sabe cuándo invertir, al que sabe cuándo esperar, al que conoce sus parcelas y al que no se deja llevar por modas.
Porque el futuro de la agricultura no estará necesariamente en quien más gaste. Estará en quien mejor gestione cada euro.
La próxima campaña será para buenos gestores
Ésta es, quizá, la reflexión más importante. Nadie puede garantizar un buen año. Nadie puede garantizar una determinada producción. Nadie puede garantizar un precio. Pero sí podemos trabajar para que, cuando las cosas salgan bien, la explotación esté preparada para aprovecharlas y para que, cuando las cosas salgan mal, el golpe sea soportable. Eso es resiliencia y eso es lo que deberíamos buscar.
No se trata de fertilizar menos. Se trata de fertilizar con criterio. No debemos entrar en una guerra entre los que dicen que hay que echar mucho y los que dicen que hay que echar poco. No se trata de eso.
Se trata de saber cuándo, dónde, cuánto y por qué. Se trata de entender que un kilo de fertilizante no es bueno ni malo por sí mismo. Es una herramienta. Y como cualquier herramienta, su valor depende de cómo se utilice. Podemos utilizarlo para aumentar una producción rentable. O podemos utilizarlo para aumentar un coste.
La diferencia está en el criterio. La próxima campaña no deberíamos afrontarla pensando en demostrar quién produce más. Deberíamos afrontarla pensando en quién gestiona mejor.
Porque cuando los costes aprietan, cuando el precio de venta no acompaña y cuando el clima no ofrece garantías, la agricultura deja de premiar exclusivamente la intensidad. Empieza a premiar la eficiencia.
El agricultor seguirá sembrando. Seguirá trabajando. Seguirá mirando al cielo. Seguirá arriesgando. Pero debería hacerlo con una diferencia: cada vez debe saber mejor dónde pone su dinero.
· No gastar menos por miedo.
· No gastar más por costumbre.
“Invertir donde exista una razón agronómica para hacerlo y una posibilidad económica de recuperarlo.”
Porque al final de la campaña, el agricultor no cosecha fertilizante, cosecha grano.







