«No se puede permitir que plantes sabiendo que vas a perder dinero». La advertencia de Javier León, agricultor de Cartagena dedicado a las hortalizas, las patatas y el melón, resume el malestar de un sector que hoy vuelve a movilizarse en Madrid. Detrás de la tractorada hay explotaciones que no encuentran rentabilidad, agricultores que reducen sus siembras y profesionales que empiezan a cuestionarse si merece la pena continuar.

El problema se repite en distintos territorios y cultivos: el gasóleo, los fertilizantes, la electricidad, el agua y la maquinaria encarecen la producción, mientras los precios de venta no siempre permiten cubrir los gastos.
Cientos de hectáreas que dejan de sembrarse
En Andalucía, Antonio Ramos ya ha tomado una decisión que refleja hasta dónde llega la situación. «Nosotros ya el año pasado dejamos 300 hectáreas sin sembrar de cereal y este año unas 200», explica. En dos campañas, unas 500 hectáreas de su explotación habrán quedado fuera de producción.

Sus cuentas ilustran el problema: con unos costes de 900 euros por hectárea, una cosecha de 4.000 kilos y un precio de 200 euros por tonelada, los ingresos alcanzarían los 800 euros. El resultado sería una pérdida de 100 euros por hectárea, sin incluir otros posibles gastos adicionales.
En Castilla y León, José Luis Marcos, presidente de Asaja Palencia, alerta de las consecuencias para el cereal. «Palencia lleva en su himno que es el granero de España y, como sigamos así, vamos a dejar de serlo, porque va a ser insostenible seguir sembrando cereal», advierte.

Según sus cálculos, con los precios actuales serían necesarios unos 4.000 kilos por hectárea para cubrir los costes, frente a unos rendimientos habituales de entre 2.500 y 3.000 kilos en zonas como Tierra de Campos y El Cerrato. Marcos teme que la superficie dedicada al cereal pueda reducirse entre un 20 % y un 25 % respecto a la campaña anterior.
«Cereales a precios de hace 40 años«
La preocupación también está presente en Castilla-La Mancha. Ruperto Mesas, productor de ajo, cebolla, cereal y olivar, pone el foco en la diferencia entre los gastos actuales y los ingresos que obtiene el agricultor.

«Cultivar cereal en los tiempos que corren, yo no sé cómo la gente ni siquiera se atreve», afirma. Y denuncia que los precios de venta no acompañan al incremento de los costes: «Estamos hablando de cereales a precios de hace 40 años».
Para Javier León, el problema no termina en las cuentas de cada explotación. La actividad agraria sostiene también a talleres, transportistas, cámaras frigoríficas y otros negocios vinculados al campo. «Si nosotros no funcionamos, ni funcionan los talleres, ni funcionan los camiones, ni las cámaras frigoríficas», recuerda.
El agricultor de Cartagena denuncia, además, el encarecimiento del agua de riego, la electricidad y la mano de obra, así como las dificultades para competir con productos importados bajo condiciones que considera desiguales.
El regadío también reclama soluciones
La falta de rentabilidad no afecta únicamente al cereal o a los cultivos de secano. En la Comunidad Valenciana, Aldemar Boix, propietario de una explotación de aguacates, pone el foco en el coste de la energía y en las dificultades que afrontan las explotaciones que dependen del regadío.

Boix reclama reducir los costes energéticos y facilitar el acceso a modalidades de contratación eléctrica adaptadas a las necesidades del regadío. Para las explotaciones que necesitan agua para mantener sus cultivos, el gasto energético supone una presión añadida que condiciona la viabilidad de la producción.
Su testimonio amplía una reivindicación compartida por agricultores de distintos puntos de España: desde el cereal de Palencia y Andalucía hasta las hortalizas de Cartagena y los aguacates de la Comunidad Valenciana, el aumento de los costes condiciona las decisiones de siembra, las inversiones y la continuidad de las explotaciones.
Sin rentabilidad, no hay relevo generacional
La incertidumbre también condiciona las decisiones de inversión. José Martín, de la empresa palentina Propacer, explica que el encarecimiento del gasóleo y de los repuestos obliga a replantear labores agrícolas para reducir gastos. Algunos elementos de desgaste de los aperos, señala, han registrado subidas de hasta el 40 %.

«Es que no sabe uno ni qué sembrar», resume.
La falta de seguridad económica afecta asimismo a la compra de maquinaria y a las posibilidades de incorporación de jóvenes al sector. Si una explotación no garantiza ingresos suficientes, mantenerla, modernizarla o transmitirla a la siguiente generación se convierte en un desafío.
La incertidumbre llega también a las empresas vinculadas al campo. Alfonso Sanz, director de ventas de SAPESA, asegura que ha sido «el peor agosto histórico» para las ventas de maquinaria y que estas siguen cayendo. Enrique Domínguez, de PITA, y Teresa Gil, de Sembradoras Gil, coinciden en señalar el aumento de los costes y la dificultad de invertir en un contexto de precios agrarios estancados.
Cuando las cuentas no salen, renovar un tractor o comprar nuevos equipos se convierte en una decisión difícil. La modernización puede ayudar a reducir gastos, pero requiere inversiones que muchas explotaciones no pueden afrontar.
Una voz común en la tractorada de Madrid
Las voces de Antonio Ramos, José Luis Marcos, Ruperto Mesas, Javier León, Aldemar Boix y José Martín ponen rostro a una preocupación compartida: producir alimentos exige cada vez más recursos, pero no garantiza recuperar lo invertido.
Algunos agricultores ya han optado por reducir sus cultivos. Otros aplazan inversiones o afrontan cada siembra sin saber si las cuentas saldrán. Desde el secano cerealista hasta las explotaciones hortícolas y de regadío, los testimonios reflejan las dificultades de mantener una actividad sometida a costes crecientes e ingresos inciertos.
La pregunta que sobrevuela sus declaraciones es cuánto tiempo puede mantenerse una actividad que no siempre permite vivir de ella y qué ocurrirá con las explotaciones si las nuevas generaciones no encuentran motivos para continuar.
Porque cuando quienes producen los alimentos empiezan a plantearse seriamente dejar de hacerlo, el problema ya no es solo del campo. Es de todos.
La advertencia de Javier León resume el límite al que muchos aseguran estar llegando: «Si yo estoy plantando sabiendo que voy a perder dinero, no planto más«.







