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Sandra, 24 años y una ganadería a su cargo: “Cambié mi juventud por irme con las vacas”

Esta joven ganadera salmantina se puso al frente de la explotación familiar con solo 19 años. Hoy trabaja prácticamente sola con ganado limusín y angus en un oficio que considera tan duro como gratificante y en el que las mujeres todavía tienen que demostrar su valía

A los 19 años, Sandra decidió dar un giro a su vida y hacerse cargo de las vacas de su familia. Hoy tiene 24 y lleva casi cinco años al frente de la explotación.

“Cambié mi vida por completo y mi juventud por irme con las vacas”

En el Día de la Mujer Rural, su historia representa a una nueva generación de mujeres que asumen responsabilidades, apuestan por el campo y buscan construir su futuro en él. Sandra lo hizo con solo 19 años y, cinco años después, sigue al frente de las vacas de su familia.

Su historia está ligada al campo desde pequeña. Las vacas pertenecieron primero a su abuelo y después a su padre, que compaginaba la ganadería con otros trabajos. Cuando surgió la oportunidad de hacerse cargo de los animales, Sandra no dudó. Había estudiado un máster de asistente técnico veterinario y también había trabajado junto a una veterinaria en el campo. “Estuve hablando con mi padre y ni me lo pensé, para allá fui de cabeza”, recuerda.

Una ganadería con identidad propia

En la provincia de Salamanca, Sandra trabaja con ganado limusín, angus y algunas vacas cruzadas heredadas de la explotación familiar. Su objetivo es especializarse en las dos primeras razas, destinadas principalmente a la recría, mientras que las cruzadas se orientan a la producción de carne.

Además, intenta que los animales dependan lo menos posible de recursos externos. La explotación cuenta con tierras propias donde cultiva el forraje que sirve para alimentar al ganado.

“El forraje que comen lo sembramos y cosechamos nosotros»

Su jornada incluye alimentar a los animales, revisar su estado y atender cualquier incidencia. En un día sin problemas puede dedicar entre tres y cuatro horas a las tareas habituales, aunque el trabajo se alarga cuando surge alguna complicación. Gracias a su formación veterinaria, se encarga personalmente de buena parte de los cuidados.

Los costes, una preocupación creciente

En los casi cinco años que lleva al frente de la ganadería, Sandra ha visto cómo aumentaban los gastos. El forraje, el pienso, el grano, los medicamentos y los servicios veterinarios cuestan cada vez más.

Como ejemplo, señala que un camión de forraje que antes podía costar unos 900 euros ahora puede alcanzar entre 2.000 y 3.000 euros.

“Desde que empecé hasta ahora en los costes hay un cambio abismal. No sé de dónde vamos a llegar”, lamenta.

Ser mujer en el campo

Sandra trabaja prácticamente sola. Su hermana la ayuda en ocasiones, pero la responsabilidad diaria recae sobre ella. A la dureza del oficio se suman las dificultades que todavía encuentra por ser una mujer joven en un sector tradicionalmente masculinizado. Aunque reconoce que la fuerza física puede marcar diferencias en algunas tareas, considera que las mujeres también aportan capacidad de observación e ingenio para resolver problemas.

Donde más barreras encuentra es en las relaciones comerciales, especialmente a la hora de vender animales. «Te toman más a la ligera», asegura, convencida de que todavía queda camino por recorrer para que las mujeres reciban el mismo reconocimiento y confianza.

Un trabajo diario

Pese a las dificultades, Sandra está contenta con su decisión. Para ella, la ganadería es una profesión dura, pero también gratificante por su contribución a la producción de alimentos.

“Es uno de los trabajos más reconfortantes que hay en el mundo, porque al final has de comer a mucha gente y todo depende del sector primario, que somos nosotros”

Eso sí, los animales necesitan atención todos los días. No hay festivos ni fines de semana libres cuando surge un problema. “Esto no descansa nunca”, resume. Tomó su decisión sabiendo las dificultades, pero tiene claro que está donde quiere estar.

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