Hay viajes que uno hace por trabajo y otros que terminan siendo una lección. Lanzarote fue una lección.
Llegué a la isla con la responsabilidad de coordinar y conducir unas jornadas técnicas con motivo del Día del Campo. Me fui con algo más difícil de explicar: una mezcla de admiración, respeto y compromiso con una tierra y con unas personas que hacen posible algo que, visto desde fuera, parece improbable.
No era mi primera visita, ya el año pasado pude comprobar que en Lanzarote producir no es fácil.
Allí el campo no vive de la comodidad, vive del conocimiento, del esfuerzo y de la capacidad de adaptación. Lo entendí desde el primer momento: el sector primario de Lanzarote no se puede mirar con ojos convencionales.
Y no es una frase. Es una realidad.
Tuve la oportunidad de conocer a productores de papa y batata, viticultores, ganaderos de caprino, queseros… profesionales de un nivel extraordinario. Empresarios comprometidos con su tierra, con una visión clara y con algo que no se puede fingir: el orgullo de lo que hacen.
Orgullo por trabajar en condiciones difíciles. Orgullo por producir calidad donde otros verían limitaciones. Orgullo, sobre todo, por formar parte de algo que tiene sentido.
Porque si algo define al campo lanzaroteño no es la dificultad, es la decisión de seguir.
Durante estos días hablamos de agua, de rentabilidad, de relevo generacional, de sostenibilidad, de que el futuro del campo no depende solo de la tierra o del agua. Depende también de que haya personas dispuestas a seguir.
Y en Lanzarote esa decisión tiene un valor especial.
Vi reconocimiento a quienes estuvieron antes, a nuestros mayores, que construyeron con esfuerzo lo que hoy existe. Vi el papel imprescindible de las mujeres, liderando proyectos con visión empresarial, con compromiso territorial y con una capacidad transformadora que ya no admite discusión. Vi a jóvenes que regresaban, que emprendían, que apostaban por quedarse.
Eso no es un relato. Es lo que está pasando.
Y también vi algo que no siempre se da: unión, intención y trabajo conjunto. Instituciones, productores y técnicos remando en una misma dirección. Sabiendo que el reto no es solo producir, sino lograr que merezca la pena seguir produciendo. Ser rentables, también.
Porque ese es el verdadero desafío del campo hoy. No solo sacar adelante una cosecha, sino construir un modelo que permita quedarse.
Como director de Revista Campo, tengo la suerte de recorrer muchos territorios, de conocer muchas realidades. Y cada una tiene algo que enseñar. Pero hay lugares, como Lanzarote, donde la lección permanece.
Allí el campo no compite en cantidad. Compite en valor. En singularidad. En conocimiento. Y eso obliga también a quien comunica.
Tenemos la responsabilidad de contar lo que pasa. De hacerlo bien. De insistir. De no cansarnos. Porque hablamos de personas, de territorio, de nuestros padres, nuestros pueblos… y también de algo tan sencillo como necesario: entender de dónde venimos y qué estamos sosteniendo.
Por eso cuesta aceptar que todavía haya quien no vea el valor del sector primario. O quien lo mire como algo residual.
No lo es. No lo puede ser.
El campo es origen, es cadena y es futuro. Y no podemos, ni debemos consentir, que no se respete y reconozca.
Pero hay una condición imprescindible: la unidad. Porque de la desunión se aprovechan muchos. Y eso el sector no se lo puede permitir.
Me fui de Lanzarote agradecido. Por la acogida, por lo aprendido y por lo compartido.
Y me fui, sobre todo, con un compromiso: el de volver.
Y el de seguir contando.
Porque hay historias que no se pueden dejar de contar.







