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sábado, junio 15, 2024
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“Estamos en plena evolución, ¡y lo que veremos en cinco años!”

Enrique Herranz es responsable de producción de Viveros Campiñas, buque insignia de la revolución experimentada por la comarca segoviana del Carracillo en las últimas décadas. Un modelo de gestión que da empleo a 800 personas en los meses de máxima actividad
La comarca segoviana del Carracillo ha vivido en las últimas décadas una transformación radical, desde el pinar a las pequeñas explotaciones hortícolas, y de estas a las compañías que dan empleo a cientos de personas para llevar su producción más allá de las fronteras nacionales. Testigo de excepción de este cambio de piel, que se pone de modelo para toda España, es el responsable de producción de Viveros Campiñas, Enrique Herranz.

A sus 40 años puede presumir de haber mamado la agricultura, y de hecho acompañaba a su padre a realizar las labores ya desde muy pequeño. Luego vendrían cinco años en el centro de formación agraria de La Santa Espina, más otros tres para formarse como ingeniero agrícola en Palencia. A los 21 ya se había integrado de forma plena en la actividad familiar, que en 1998 adoptó la forma de cooperativa.

“En estos años hemos crecido mucho y hemos asistido a la transformación de la comarca, al pasar de una agricultura tradicional a cultivar zanahoria en manojo, puerro, cebolleta y fresa de fruto”, señala. La familia trabaja la planta de fresa desde antes de nacer la cooperativa, en torno a 1986. Hoy ese producto supone el 70% de la facturación de la compañía, con dos campañas: la de planta fresca en octubre, para los mercados de España, Marruecos, Italia o Grecia, y una segunda campaña cuya planta se arranca en diciembre, se congela y se sirve a diferentes países de Europa, desde Alemania hasta Italia, Polonia o Chipre.

Esa planta se comercializa bajo la marca de Viveros Campiñas, mientras que el resto de la producción tiene en La Huerta Sana su marca de referencia. La mayor actividad se despliega entre los meses de junio y noviembre, con unas hortalizas y fresas de fruto que llegan a los mercados centrales de Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao y otras grandes ciudades españolas. Desde allí se distribuye a cadenas de supermercado y a tiendas especializadas.

Han sido dos décadas de crecimiento sostenido en volumen, pero también en calidad, que es la llave para conquistar al consumidor. Para Enrique, “los mercados son difíciles pero pronto nos dimos cuenta de que quieren un producto de calidad, un buen servicio y tratar con una empresa seria”. Pero también se debe ser competitivo en precio, “porque no te puedes salir de madre con tu margen pensando que tienes mucha calidad”.

Ha sido un recorrido “en el que hemos pasado del todo vale, en que toda la producción se vendía, a situaciones en que lo malo ya no se vende”. Por eso ha habido que mejorar todo el proceso de cultivo, desde la elección de semillas y los tratamientos hasta la fertilización. Y sobre todo “se necesita calidad visual, pero también calidad alimentaria; no solo se compra por lo que se ve, sino también por los pocos residuos que deja el proceso de producción en el alimento, por ejemplo; por eso estamos en plena evolución, ¡y lo que veremos en cinco años!”, recalca.

Producto, envasado e instalaciones trasladan a distribuidores y público “que lo que hacemos es de la máxima confianza, tanto por nuestra forma de trabajar como por los rigurosos controles a los que nos sometemos; tanto la certificación de la Junta como la norma Global Gap”.

En quince años la compañía ha pasado de facturar 2,5 millones de euros a 15, y a dar empleo a 140 personas de media anual, “aunque lógicamente el número de contratados oscila en función del periodo del año, con picos de 800”. Un ejemplo de que el trabajo y la innovación son las mejores políticas de desarrollo rural.

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