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¿Qué son los cultivos biofumigantes?

Las plantas biofumigantes, incorporadas al suelo como biofumigación, pueden liberar compuestos naturales con actividad fungicida, eficaces para reducir poblaciones de patógenos del suelo

La salud del suelo es uno de los pilares fundamentales para garantizar la sostenibilidad de los sistemas agrícolas. También en el caso de los cultivos de invernadero en zonas de clima mediterráneo, donde la intensidad productiva puede favorecer la aparición y persistencia de parásitos como nematodos y diversos hongos fitopatógenos.

Frente a este desafío, ciertas especies de abono verde con capacidad biocida (cultivos biofumigantes) se están consolidando como herramientas clave “para fortalecer la resiliencia del agrosistema sin comprometer sus equilibrios”, como describen desde el andaluz Ifapa.

Las plantas biofumigantes, incorporadas al suelo en pretrasplante, como biofumigación o biosolarización, pueden liberar compuestos naturales con actividad fungicida y nematicida, eficaces para reducir poblaciones de patógenos del suelo.

Por otro lado, al incorporar estas plantas al suelo se aumenta su contenido en materia orgánica, mejorando la estructura, sus propiedades fertilizantes y favoreciendo la microbiota del suelo.

Además, muchas de estas especies, antes de ser enterradas, también pueden favorecer la fauna auxiliar y facilitan el control biológico por conservación, creando microhábitats que sustentan depredadores, parasitoides y microorganismos beneficiosos.

En este sentido, la elección de un cultivo biofumigante adecuado es un factor decisivo para asegurar su eficacia en campo.

Para elegir correctamente, se hace esencial valorar características agronómicas clave, como el tipo de sustancia biocida que liberan, su tolerancia a la sombra, la velocidad de desarrollo de la planta, la época del año para su cultivo o la dosis de siembra.

“Estos aspectos determinan tanto su potencial para reducir poblaciones de patógenos de suelo como los beneficios agronómicos que pueden aportar al cultivo”, apuntan desde el Ifapa.

La incorporación de dichos cultivos al manejo habitual del cultivo en invernadero proporciona beneficios tangibles, como la mejora de la estructura y fertilidad del suelo, la reducción de la presión de plagas y enfermedades y el avance hacia sistemas de producción más equilibrados y sostenibles.

Su uso adecuado puede complementar estrategias de manejo integrado, disminuir el consumo de fertilizantes y contribuir a una mayor eficiencia del sistema productivo, reforzando la resiliencia del cultivo.

El calor modifica el cultivo y su protección

La Junta de Andalucía advierte de que las altas temperaturas y la escasez de agua someten a los cultivos a un estrés que puede debilitar sus mecanismos naturales de defensa y aumentar su sensibilidad frente a determinados organismos nocivos.

El ambiente cálido y seco puede favorecer el desarrollo de algunas plagas, especialmente ácaros e insectos, mientras limita muchas enfermedades asociadas a humedades elevadas.

Antes de realizar un tratamiento fitosanitario también deben considerarse condiciones como temperaturas extremas, baja humedad o plantas sometidas a fuerte estrés hídrico, ya que pueden reducir su eficacia, aumentar la evaporación de las aplicaciones o favorecer problemas de fitotoxicidad, según las mismas fuentes.

Por ello, durante el verano resulta fundamental vigilar el estado del cultivo, ajustar el riego cuando sea posible y elegir cuidadosamente el momento de intervención.

Proteger la sanidad vegetal también implica adaptar las decisiones a las condiciones ambientales.

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