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Los cultivos de cobertura ganan protagonismo en la agricultura española

La apuesta por los cultivos de cobertura responde a una mirada agronómica que busca devolver la vida al suelo para asegurar la rentabilidad del mañana

María Álvarez Escalante

El campo español atraviesa una metamorfosis. El modelo de monocultivo cerealista tradicional, basado en el barbecho desnudo y la alta dependencia de insumos ya no es la única opción para el agricultor.

Es aquí, donde los cultivos de cobertura están dejando de verse como una “rareza” para convertirse en una opción real. Máxime en años con un invierno tan lluvioso como el que hemos vivido este año.

Trabajar mirando al suelo

Tradicionalmente, el suelo se ha tratado como un soporte físico al que añadir insumos. Sin embargo, la intensificación de las rotaciones, especialmente en zonas de regadío con hortícolas, ha pasado factura a la materia orgánica. “Un suelo desnudo es un suelo que se degrada, se compacta y pierde su capital biológico”, señalan los expertos.

En este sentido, los cultivos de cobertura actúan como un “escudo vivo”. El concepto es sencillo: mantener el suelo cubierto con especies seleccionadas durante los periodos en los que no hay cultivo principal. El objetivo no es la cosecha de estas plantas, sino una inversión en la estructura del terreno. Al mantener raíces activas durante todo el año, se fomenta la biodiversidad microbiana y se mejora la porosidad del suelo.

Las cubiertas vegetales actúan como una “fábrica natural” de fertilidad. Al respecto, Víctor López, de la compañía Paralcampo, destaca la evolución de esta práctica en el terreno real. Según López, han pasado de probar en apenas 10 o 15 hectáreas hace cinco años a gestionar actualmente más de 300 hectáreas bajo este modelo.

La razón es clara: “El suelo está mucho más esponjoso y ha filtrado mucho mejor el agua”, señala, subrayando que la mejora en la estructura permite entrar antes a realizar las labores de siembra del cultivo siguiente.

Rentabilidad y huella de carbono

El agricultor de hoy tiene los ojos puestos más allá de la campaña presente, también mira, por supuesto, la cuenta de resultados y la sostenibilidad a largo plazo. La agricultura regenerativa está dejando de ser un concepto abstracto o “tradicionalista” para convertirse en una realidad.

En datos, la incorporación de estas cubiertas permite un ahorro significativo en unidades fertilizantes de nitrógeno y potasio. Hablamos de rentabilidad. A esto se suma un aspecto cada vez más importante, la capacidad de estas plantas para secuestrar CO2 permite a las explotaciones reducir su huella de carbono, un valor cada vez más demandado por la industria agroalimentaria y por el consumidor final.

Raúl Tarancón (RAGT Ibérica), Víctor López (Paralcampo) y Javier Escribano, de Hortícola Esma.

¿Cómo afecta el cultivo de estos cover crops al cultivo hortícola posterior? López lo tiene claro: “Más allá del aspecto sanitario, en estos años de experiencia hemos comprobado cómo se nota también en la producción posterior, tanto en cantidad como en calidad».

La receta técnica

Como comprenderán, no basta con “dejar crecer lo que salga”. El éxito de una cubierta vegetal reside en su diseño agronómico. “La combinación de especies no es aleatoria, cada una cumple una función vital dentro de la mezcla”, nos explica Raúl Tarancón, delegado de RAGT Ibérica.

Empresas como esta trabajan en soluciones específicas que se adaptan a las necesidades de cada campo. “Nuestro programa de mejora está aportando al sector la ciencia que tanto necesita, de modo que podamos dirigir las variedades adecuadas a problemas específicos del campo para obtener los mejores resultados”, explica Tarancón.

Un ejemplo de ello es la gama Fungi Redux, que actúan como un tratamiento fitosanitario natural, “especialmente críticas antes de cultivos exigentes como la patata o la remolacha, ya que ayudan a controlar hongos y nematodos de forma biológica”, explica López.

Este compuesto lleva rábano forrajero, que actúa como un arado biológico, rompiendo con su raíz pivotante las capas compactadas; la facelia, que qporta una desinfección natural del suelo (biofumigación) y atrae polinizadores, y el trébol alejandrino, que como leguminosa, captura el nitrógeno del aire y lo deposita en el suelo, reduciendo la factura de fertilizantes en la siguiente campaña.

Nuevas fronteras

Este interés por las cubiertas coincide con la búsqueda de alternativas al cereal convencional. España está explorando cultivos como el amaranto, la camelina o la quinoa. Estas especies, junto con las cubiertas vegetales, comparten una característica común: su capacidad para adaptarse a un clima cada vez más errático y su eficiencia en el uso de recursos limitados.

El objetivo es pasar de una agricultura de “extracción” a una de “gestión de ciclos”. La integración de cultivos de cobertura permite capturar nutrientes que de otro modo se lavarían (lixiviación) y mejorar el contenido de materia orgánica, lo que a largo plazo aumenta la capacidad de retención de agua del suelo.

Como bien resume la experiencia en el campo, una tierra que descansa “vestida” es una tierra que produce mejor y con menos costes.

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