Las lluvias de los últimos días abren un nuevo escenario para los cultivos extensivos, con una doble incertidumbre sobre cuánta superficie se destinará a estas producciones y si serán rentables.
La necesidad de reducir costes anima a muchos a mirar hacia técnicas como las englobadas dentro de la agricultura de conservación. Una finca que aplica estos métodos de trabajo durante décadas “puede regenerar totalmente sus suelos y, gracias a ello, aumentar sus producciones y reducir de forma considerable sus costes”.
Oscar Veroz, director de la Asociación Española de Agricultura de Conservación ‘Suelos Vivos’, recalca el papel clave de esta forma de trabajar “dentro de lo que ahora se denomina agricultura regenerativa, donde el cuidado del suelo es el centro sobre el que pivota toda la gestión agraria”.
Desde hace más de 30 años, Suelos Vivos lucha para fomentar la implantación de técnicas como la siembra directa, la rotación de cultivos o las cubiertas vegetales, “que se centran en el cuidado del suelo, mejorando su estructura y aumentando los niveles de materia orgánica”.
Para Veroz la siembra directa es “el paradigma” de las prácticas de agricultura de conservación.
¿En qué se basa la agricultura de conservación?
La agricultura de conservación se basa en tres principios:
-No laboreo o alteración mínima del suelo.
-Mantenimiento de una cobertura vegetal permanente.
-Rotación de cultivos.
Esos tres pilares “son la base de lo que hoy se llama agricultura regenerativa”, destaca Veroz, para quien “hablamos de siembra directa porque mejora y regenera las propiedades del suelo”.
Esa visión ayuda a la explotación a alcanzar el objetivo de la rentabilidad. “Estamos hablando de una sostenibilidad no solo ambiental, sino también económica y agronómica”, destaca el responsable de Suelos Vivos. Para él, “dentro de la agricultura de conservación una cuestión fundamental es el carbono, porque gracias a la siembra directa estamos secuestrando carbono y por lo tanto reduciendo la emisión de gases de efecto invernadero”.
Materia orgánica
José de la Puerta, responsable de la Finca El Rosario, en Villalba del Alcor (Huelva), es un referente en la implantación de la agricultura de conservación.
Señala que el nombre de agricultura de conservación “se queda corto” cuando hablamos del suelo, ya que gracias a estas técnicas él ha conseguido “regenerar y mejorar totalmente los suelos, tanto a nivel de estructura como de materia orgánica”.
La finca cuenta con una superficie de 810 hectáreas, de las que cerca de 400 se destinan a herbáceos extensivos (cereal, oleaginosas y leguminosas) en siembra directa desde hace varias décadas. “En las parcelas que llevan más de 20 años sin ningún tipo de laboreo se ha pasado de menos del 1% de materia orgánica a cerca del 2,5%”, recalca.
Para el responsable de la finca los beneficios ambientales de la siembra directa “son enormes: aumenta la materia orgánica del suelo, evita totalmente la erosión, fija carbono en el suelo, retiene mejor el agua y reduce el uso de insumos”.
“Si a todo ello le añadimos que se consigue más producción reduciendo los costes, tenemos una actividad totalmente sostenible en el tiempo, que además revierte en beneficio de toda la sociedad”, subraya. Ese beneficio social “es clave para justificar las ayudas que se reciben, que deberían ser más”, según De la Puerta.
La rotación de cultivos, el mayor avance tecnológico
Eusebio Miguel Antolín, de Torquemada (Palencia), señala que la rentabilidad de las fincas de extensivos “ya solo es posible si se aplican técnicas sostenibles como la siembra directa, que reducen costes y mantienen o mejoran las producciones”.
Para él, “los suelos mantenidos en monocultivo durante años están agotados y llevarán al abismo a los agricultores que no cambien hacia una rotación efectiva de cultivos y hacia la siembra directa”.
“Lo más revolucionario es aplicar la rotación de cultivos efectiva”, subraya. La razón es muy sencilla: “Un suelo agotado por años y años de monocultivo, al tener rotación de cultivos, cambia totalmente su estructura, mejora en materia orgánica y ofrece una explosión de producción que el agricultor solo se cree cuando la ve”.
“Estamos hablando de un aumento del 40% o más, pero utilizando la mitad de unidades fertilizantes”, recalca.
Introducir el girasol en la rotación
César García de Lucas, ingeniero agrónomo y agricultor segoviano, defiende la introducción del girasol en una rotación de cultivos adecuada. “Debe ir siempre el último en la rotación, después de un cereal, y su principal problema es sembrarlo bien con las técnicas de siembra directa”, recalca.
Para una siembra adecuada “es imprescindible utilizar una sembradora adaptada a nuestras condiciones de terreno, y hacerlo en las condiciones óptimas de temperatura y humedad, ya que si una de estas dos variables falla no nacerá bien”.
García hace una agricultura “de mejoramiento, más que de conservación”, ya que estas técnicas mejoran el suelo, aumentan las producciones y reducen los costes. “El agricultor realmente no puede poner los precios ni a los insumos ni a sus propias producciones, que dependen del mercado, pero sí puede reducir sus gastos”, recuerda.
Cebada maltera
Ana Martín, responsable de Sostenibilidad en la compañía Intermalta, participa en el proyecto InBAR, que pretende dar valor a las producciones de cebada a través de buenas prácticas agrícolas. Esas prácticas incluyen la siembra directa y el uso de abonos de eficiencia mejorada, “calculando el impacto que tiene esa cebada en la reducción de emisiones de CO2”.
Esa cebada de emisiones reducidas llega a la cadena de valor para ayudar a la industria cervecera a cumplir con sus objetivos de descarbonización, además de mejorar su imagen ante el consumidor.
El programa InBAR lleva tres años en funcionamiento y en ese tiempo ha pasado de 14.000 toneladas de cebada a las 40.000 que se esperan en 2026. “Equivalen a 8.000 hectáreas de cebada de bajas emisiones”, apunta Martín.







