José Ramón Díaz de los Bernardos
Vuelve a empezar la campaña. Vuelven a esperarse las primeras lluvias, las conversaciones entre agricultores, las visitas a las cooperativas, las decisiones sobre variedades y, sobre todo, vuelve una pregunta que cada vez pesa más en las conversaciones del campo: ¿merece la pena sembrar?

Puede parecer una pregunta sencilla, pero detrás de esas cuatro palabras hay mucho más que una cuenta económica. Hay incertidumbre, riesgo, ilusión, tradición, patrimonio familiar y, en muchos casos, una enorme responsabilidad.
Porque para un agricultor sembrar no consiste simplemente en introducir una semilla en la tierra y esperar a que llueva. Sembrar significa adelantar dinero, asumir costes, tomar decisiones con meses de antelación y confiar en que, cuando llegue el momento de recoger la cosecha, el mercado y el cielo hayan acompañado.
Y este año la pregunta vuelve con fuerza. Con un gasóleo que sigue representando una parte importante del coste de producción, con fertilizantes, fitosanitarios, semillas, maquinaria, seguros, mano de obra, mantenimiento y financiación que pesan cada vez más sobre las explotaciones, muchos agricultores se encuentran ante una situación difícil de explicar a quien no conoce la realidad del campo: hay ocasiones en las que producir más no significa necesariamente ganar más.
No es una pregunta nueva. Pero sí es una pregunta cada vez más difícil de responder. Por eso este año estamos viendo algo que merece una reflexión profunda. Hay agricultores que sí van a sembrar, pero que han decidido hacerlo invirtiendo lo mínimo imprescindible. Reducir abonado, ajustar labores, minimizar tratamientos y contener cualquier gasto que no consideren absolutamente necesario.
¿Cuánto puedo arriesgar?
El agricultor ya no se pregunta cuánto puede producir, sino cuánto puede arriesgar. Cuando un agricultor empieza a pensar antes en minimizar pérdidas que en maximizar producción, estamos ante una señal inequívoca de que los márgenes se han estrechado demasiado.
Aquí aparece una de las grandes paradojas de la agricultura actual. Un agricultor puede hacer las cosas correctamente desde el punto de vista agronómico: utilizar una buena semilla, realizar un abonado equilibrado, controlar las malas hierbas, proteger el cultivo y trabajar con criterios técnicos. Pero si después el agua no acompaña, si el potencial productivo no se expresa o si el precio de venta no compensa la inversión, toda esa corrección agronómica puede no traducirse en rentabilidad. Eso es exactamente lo que vimos en determinados casos durante la última campaña.
En algunas explotaciones ocurrió algo que, visto desde fuera, puede parecer absurdo. Agricultores que habían fertilizado correctamente y habían realizado una inversión razonable en su cultivo acabaron obteniendo un resultado económico muy parecido al de aquellos que habían decidido no abonar o reducir la inversión al mínimo.
Esto no demuestra que fertilizar no sirva. Demuestra algo mucho más importante: que una inversión solo es rentable cuando las condiciones permiten que esa inversión se transforme en producción adicional.
Por ejemplo, un cultivo puede tener nutrientes disponibles, pero si carece de agua suficiente, ese potencial no se expresa. Eso es lo que hace tan difícil trabajar en la agricultura, porque no trabajamos con una fábrica, sino con un ser vivo.
Trabajamos con una planta sometida a temperaturas, lluvias, heladas, sequías, golpes de calor, enfermedades, estructura de suelo y una infinidad de variables que no podemos controlar.
Fertilizar en tiempos de incertidumbre
Este año el agricultor no se puede limitar a preguntarse cuánto cuesta un kilo de fertilizante. Tiene que preguntarse: ¿qué retorno puedo obtener de ese kilo?
Esta reflexión enlaza directamente con una cuestión que ya abordábamos recientemente: fertilizar en tiempos de incertidumbre. Porque en un escenario de costes elevados la solución no pasa por dejar de fertilizar de manera indiscriminada.
Pero tampoco por mantener las mismas recetas de siempre simplemente porque “siempre se ha hecho así”. La agricultura profesional exige algo mucho más sofisticado. Exige saber qué necesita realmente el cultivo, qué tiene nuestro suelo, qué potencial tiene la parcela y qué rendimiento podemos esperar. Y por supuesto qué precio puede alcanzar nuestro producto.
No todas las parcelas son iguales
Durante demasiado tiempo hemos tendido a tomar decisiones homogéneas, pero eso ya no funciona. No es lo mismo una parcela profunda y con buena capacidad de retención de agua que una parcela limitada, pedregosa y con poca disponibilidad hídrica.
No tiene el mismo potencial una finca que lleva años bien manejada que otra con problemas estructurales o de fertilidad.
Y no tiene el mismo sentido realizar una determinada inversión cuando esperamos obtener 4.500 kilos por hectárea que cuando sabemos que la parcela difícilmente llegará a 2.000.
¿Cómo reduzco mis costes?
El futuro de la agricultura pasa necesariamente por una agricultura cada vez más precisa en sus decisiones y eso significa conocer mejor nuestros costes, nuestras parcelas y nuestros cultivos.
Lógicamente eso es muy diferente de reducir costes indiscriminadamente, algo que puede convertirse en una trampa. Porque podemos ahorrar en fertilización y perder rendimiento, igual que podemos ahorrar en semilla y tener una peor implantación o podemos ahorrar en tratamientos y acabar con un problema sanitario mayor.
En definitiva, ahorrar 20 euros por hectárea puede ser una pésima decisión si terminamos perdiendo 200. Por eso no podemos participar en una carrera por ver quién gasta menos, sino en ver quién consigue producir con mayor eficiencia. Y aquí el agricultor necesita técnicos, no recetas.
Entonces, ¿sembramos o no sembramos?
La respuesta no puede ser universal, puesto que habrá explotaciones donde tenga sentido sembrar y parcelas donde la cuenta no salga.
Habrá agricultores que apuesten por mantener la inversión, otros reducirán costes y otros cambiarán de cultivo.
Todas esas decisiones pueden ser racionales puesto que cada explotación tiene una estructura diferente, cada agricultor tiene unos costes y cada parcela tiene un potencial.
Pero hay un agricultor que, un año más, se prepara para poner una semilla en el suelo sin saber exactamente qué encontrará cuando vuelva a recogerla.







