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La inteligencia artificial, una «oportunidad de oro» para el regadío

El catedrático de la Universidad de Córdoba Emilio Camacho destaca que nos encontramos ante una transición tecnológica sin precedentes: de sistemas que nos ayudan a tomar decisiones a modelos de actuación autónoma

Ricardo Ortega

La superficie de regadío en España ha llegado a su límite y ya no puede crecer mucho más, pero este modelo de trabajo sí puede desarrollarse y ‘crecer’ de otra manera: avanzando en la modernización de infraestructuras y en la mejora tecnológica de las explotaciones.

“Hay que ser conscientes de que los recursos son los que son; no todos los años tenemos agua suficiente y por eso hay que gestionar de la forma más eficiente”, señala Emilio Camacho, catedrático de Ingeniería Hidráulica de la Universidad de Córdoba.

Camacho participa en el Congreso Nacional de Comunidades de Regantes, que se celebra en Ciudad Real del 13 al 17 de abril, con una ponencia sobre ‘Inteligencia artificial: una oportunidad para el regadío de aguas superficiales y subterráneas”.

Emilio Camacho, catedrático de la UCO.

La modernización del regadío español registró un impulso a raíz de la sequía de 1995. A raíz de ese momento los sistemas de riego “han pasado a ser mucho más eficientes”, recuerda el catedrático, para quien “se ha avanzado mucho en la primera modernización, la de las infraestructuras, y ahora toca generalizar la segunda: la tecnológica”.

En ese sentido, la inteligencia artificial (IA) surge como una herramienta “disruptiva” capaz de transformar radicalmente la gestión de los recursos hídricos, tanto superficiales como subterráneos.

“Ofrece soluciones innovadoras para optimizar el uso del agua, reducir costes operativos, minimizar el impacto ambiental y garantizar la sostenibilidad a largo plazo de la agricultura de regadío”, recalca Camacho.

“Una transición sin precedentes”

Sin embargo, la concepción tradicional de la IA como una herramienta puramente analítica está quedando obsoleta. “Nos encontramos inmersos en una transición tecnológica sin precedentes: el paso de sistemas de soporte a la decisión a sistemas de actuación autónoma”, apunta.

Este fenómeno, conocido como proceso de “agentilización”, marca el tránsito desde la mera información hasta la actuación directa. “Ya no basta con que un algoritmo nos diga que al cultivo le falta agua; los nuevos sistemas, constituidos por constelaciones de agentes, tienen la capacidad de percibir, razonar y ejecutar acciones físicas (como la apertura de válvulas o la regulación de bombas) de manera autónoma y coordinada”, recalca.

La IA en la agricultura ha generado aplicaciones que aportan a los agricultores asesoramiento preciso sobre la gestión del agua, la rotación de cultivos, la programación de la campaña, la siembra óptima y otros aspectos.

Mediante algoritmos de aprendizaje automático e imágenes satelitales y drones, “podemos evaluar la sostenibilidad agrícola, gestionar la nutrición y predecir el clima”. Al utilizar datos precisos, la agricultura de precisión maximiza la producción agrícola.

“Mediante dispositivos móviles y software de IA, los agricultores pueden obtener un plan agrícola personalizado; si bien la intervención humana siempre será necesaria para su diseño, la aplicación de la IA puede reducir significativamente el trabajo”, subraya.

Para él, la inteligencia artificial es un conjunto de métodos y algoritmos “capaz de emular las capacidades cognitivas del ser humano, como visión y razonamiento, para realizar tareas complejas como: aprender de datos históricos y en tiempo real, reconocer patrones ocultos en grandes volúmenes de información, tomar decisiones optimizadas sin intervención humana, adaptarse y mejorar continuamente mediante el aprendizaje automático, además de predecir escenarios futuros con alta precisión”.

El sector del regadío debe hacer frente a diversos desafíos, ante los cuales los avances tecnológicos se presentan como una herramienta eficaz.

Entre ellos, el catedrático de Ingeniería Hidráulica destaca los de “una escasez hídrica debida a sequías cíclicas y recurrentes que afectan a la disponibilidad de los recursos; una sobreexplotación de acuíferos y una merma de calidad de estos; unos elevados costes energéticos, que han aumentado más de un 600% respecto a los regadíos de 1980, y el cambio climático, que ha alterado los patrones de lluvias y ha aumentado los eventos extremos”.

Qué es la modernización

El concepto de modernización ha ido evolucionando. Inicialmente, la modernización del regadío se entendía como la ejecución y mejora de infraestructuras y equipamientos de las zonas regables, es decir, una actualización técnica.

Posteriormente, se ha puesto de manifiesto la necesidad de ligar la modernización de un regadío con la mejora de su gestión. Para ello, se deben poner en marcha sistemas de control, automatización y asesoramiento especializado.

“Esta etapa constituye la segunda modernización”, destaca Camacho, para quien “la gestión, la incorporación de digitalización y sobre todo el asesoramiento y la formación son aún tareas pendientes, en muchos casos, y requieren de una pronta ejecución”.

Por todo ello, define la modernización “como una actualización técnica y de manejo de las zonas regables que persigue mejorar el uso de los recursos (agua, energía, mano de obra, financieros, ambientales, etc.) y, sobre todo, distribuir el agua entre los usuarios con criterios de calidad en el servicio”.

Adopción de la tecnología

En el ámbito agrícola, la adopción de tecnologías digitales está comenzando a redefinir los modelos de producción y gestión. El agricultor está incorporando progresivamente herramientas digitales, ya sea a través de sensores, de drones o de plataformas de análisis de datos que permitan predecir rendimientos y optimizar recursos.

“Esta transformación no solo está impulsando una mayor eficiencia y productividad, sino que también está abriendo nuevas posibilidades para afrontar desafíos como la sostenibilidad ambiental, la competencia global y la fluctuación en los precios de los productos agrícolas”, destaca Camacho.

Pese a los beneficios tangibles que la digitalización ofrece, la adopción de estas tecnologías en el sector agrario se enfrenta a importantes desafíos. “Uno de los principales obstáculos es la resistencia al cambio, una barrera común en sectores con una larga tradición y métodos bien establecidos”, señala.

Muchas personas del sector agrario, especialmente aquellos de mayor edad o con menos formación tecnológica, “pueden mostrar escepticismo ante la adopción de nuevas herramientas”. La capacitación es otro factor clave que limita la adopción de la transformación digital.

Aunque existen iniciativas para promover la formación digital en el sector, la brecha entre las competencias actuales y las exigidas por las nuevas tecnologías sigue siendo significativa.

“Ante estas dificultades y sus costes asociados, muchas explotaciones, particularmente las pequeñas y medianas, optan por mantener sus métodos tradicionales”, destaca el catedrático.

El 19% de las personas del sector de regadío utiliza aplicaciones móviles para el cálculo de la dotación del agua de riego, pero solo el 13,5% utiliza herramientas más sofisticadas destinadas al telecontrol del riego.

“Una buena parte de los agricultores que usan herramientas digitales de control del uso del agua son aquellos que presentan una mayor tecnificación de sus explotaciones y tienen, por tanto, una gran predisposición a implementar cualquier tecnología”, destaca Camacho.

Además, el 32% de las explotaciones españolas ha realizado inversiones en este ámbito, en comparación con el 20% del conjunto de la Unión Europea. Esta diferencia refleja un fuerte interés, “lo que les permite optimizar el uso de insumos y reducir el impacto ambiental”.

Aun así, se percibe que la agricultura tiene un grado de inercia, de resistencia al cambio, más importante que el sector industrial porque el perfil del profesional del campo es más conservador. Por varias cuestiones.

“Por ejemplo, porque en agricultura se necesita que la tecnología esté ‘madura’, que puede resolver los problemas al agricultor y facilitarle la labor”. También porque a veces “quien tendría que aplicar esos avances no tiene la capacidad técnica suficiente, algo muy relacionado con el envejecimiento del sector”, subraya.

Además de la falta de formación, también dificulta la aplicación de la tecnología la pequeña escala a la que trabaja el agricultor. “Por eso hay que contar con entidades como las organizaciones agrarias, cooperativas o comunidades de regantes para la introducción de las novedades tecnológicas”, advierte.

Por eso diferencia entre diferentes perfiles de agricultor, que él denomina:

Innovadores: representan el 2,5% de la población. Son entusiastas de la tecnología. Están dispuestos a pagar por la última novedad. Obviamente asumen el riesgo de ser los primeros. Son considerados unos auténticos ‘frikis’ accediendo a lo último de lo último.

Visionarios: son aproximadamente el 13,5% de la población. Prueban lo último en cuanto pueden. La cualidad clave es que pueden marcar tendencia. Este grupo en la clave cuando estamos buscando un modelo de negocio.

Pragmáticos: representan el 34% de la población. Adoptan la innovación en la medida en que la copian de los visionarios. Son clave en época de crecimiento, porque representan una parte importante del mercado.

Conservadores: también son el 34% de la población, un grupo muy numeroso. Adoptan la innovación cuando ya lo ha hecho la gran mayoría.

Escépticos: los más tradicionales y, por tanto, muy contrarios al cambio. Bien por clase social, bien por edad, no suelen ser consumidores de nuevos productos.

Entre los dos primeros grupos y los pragmáticos existe la brecha digital que es necesario salvar. En el caso de la agricultura y en particular del regadío ayudarán a salvar dicha brecha aspectos como el asesoramiento a través de sus organizaciones, la fiabilidad de la tecnología y de las empresas que la suministran, la formación, el coste y el aporte “claro” de valor añadido.

“Por eso trabajamos en relación con las administraciones para llegar a los pragmáticos, de modo que los conservadores vean que las novedades son útiles y ellos mismos las vayan adoptando”.

“La adopción de las nuevas tecnologías es muy importante en el caso de la agricultura, pero mucho más en el caso de la gestión del agua, teniendo en cuenta los años que hemos tenido de absoluta escasez”, remacha Emilio Camacho.

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