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Las cosechadoras van confirmando las previsiones de producción

La campaña de cereales se ha iniciado hace escasas semanas en Andalucía, Cataluña y Ciudad Real, con un balance que apunta a una caída en las producciones por problemas en el ahijamiento y escasez de lluvia a partir de abril

Natalia Lozano/ Ricardo Ortega

Es posible que la cosecha de 2026 marque un hito en la evolución del secano español. Si ya había dudas respecto a la viabilidad económica de los cereales de invierno y se había disparado la búsqueda de alternativas, la campaña iniciada hace pocas semanas parece dar la razón a los más pesimistas.

El cultivo venía marcado por unas siembras muy irregulares por culpa de las lluvias otoñales y por un invierno húmedo, de temperaturas suaves, lo que ha impedido a la planta desarrollar sus raíces. Los resultados se han visto en un escaso ahijamiento, sobre todo en el caso de la cebada, y eso se traduce en kilos.

La campaña de Andalucía se ha iniciado en las zonas más adelantadas. El cultivo se encuentra mayoritariamente en madurez fisiológica. En conjunto, se prevén rendimientos moderados en parcelas bien implantadas, descensos significativos en áreas con exceso de agua y buenas perspectivas en cuanto a calidad si se mantiene el tiempo seco.

Respecto al grano, se prevé una campaña heterogénea. La proteína dependerá del abonado y del régimen de lluvias, mientras que en trigo duro se esperan diferencias notables entre parcelas en vitrosidad y peso específico, lo que influirá en la clasificación comercial y en el precio final de cada lote.

En Castilla-La Mancha los resultados son irregulares, en función de las zonas, pero de forma global se apunta a una campaña media o media-baja. Las cebadas están ofreciendo entre 3.500 y 4.000 kilos por hectárea, aunque hay parcelas con resultados bastante menores. En cuanto a la calidad, eso sí, el ingeniero agrónomo José Ramón Díaz de los Bernardos destaca que el peso específico está siendo “bueno” este año.

Las previsiones nacionales también reflejan el impacto de un invierno húmedo y una primavera seca. Cooperativas Agroalimentarias de España estima que la cosecha de cereal alcanzará los 20,5 millones de toneladas, lo que supone una caída del 22,83% respecto al año pasado.

Por su parte, la Asociación de Comercio de Cereales y Oleaginosas de España (Accoe) rebaja aún más las previsiones y sitúa la producción nacional en los 16,5 millones de toneladas, un 24% menos. La organización atribuye el descenso a las altas temperaturas, la irregularidad de las lluvias y a una reducción de superficie “superior a la reflejada en las estadísticas oficiales”.

Hay otro factor que puede explicar esa caída en la producción: que hayan sido más los agricultores que han acusado el incremento en el precio de los insumos y se hayan inclinado por sembrar grano propio, en vez de semilla certificada.

En Castilla y León la situación de la cebada es muy irregular. En provincias como Valladolid o Zamora muchas parcelas tienen una planta pequeña, sin apenas producción. Los agricultores entrarán a cosechar, pero en esas fincas perderán dinero.

En Aragón las precipitaciones registradas durante el invierno generaron inicialmente unas perspectivas muy favorables, pero la evolución meteorológica terminó condicionando el desarrollo de los cultivos en buena parte del territorio. El incremento de las temperaturas durante abril perjudicó al cereal en numerosas zonas productoras.

Las lluvias de mayo permitieron recuperar parcialmente el potencial productivo, aunque con diferencias muy marcadas entre unas comarcas y otras. La mejor evolución se dio en aquellas parcelas con mayor capacidad para retener la humedad, incluidas aquellas en las que se realiza siembra directa.

Se buscan alternativas

Con este incremento de los costes y el precio de venta que obtiene el agricultor, la crisis del cereal está servida. Por eso se buscan alternativas.

Según la Asociación Española del Girasol (AEG) la coyuntura internacional está reconfigurando el mapa de cultivos extensivos. Los balances publicados apuntan que la superficie mundial de girasol y colza experimentó el año pasado un crecimiento excepcional, hasta los 73,4 millones de hectáreas, mientras que las previsiones para este año son de una expansión adicional, lo que consolida estos cultivos como una “opción preferente” para el agricultor. España no queda al margen de esa tendencia.

Para la asociación, la actual estructura de precios favorece claramente a las oleaginosas frente a los cereales y las leguminosas. La fortaleza en la demanda de aceites vegetales, sumada a una relativa debilidad en los precios de las harinas y cereales, “ha generado primas de precio superiores a la media histórica”.

Un callejón sin salida

Otras fórmulas pasan por los cultivos forrajeros. La principal zona productora está en el noreste peninsular, en el valle del Ebro. Solo Aragón suma el 55% de la superficie nacional y el 60% de la producción, unas cifras que alcanza gracias a la disponibilidad de agua, que permite dar hasta siete cortes al año.

Este año va bien desde el punto de vista agronómico gracias a que las reservas de agua han mejorado, pero el verdadero dolor de cabeza para el agricultor y las deshidratadoras está en el transporte marítimo.

Los forrajes aragoneses y catalanes son eminentemente exportadores y el cierre del Estrecho de Ormuz ha paralizado casi por completo las exportaciones hacia Oriente Medio (especialmente Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos), que es el destino estratégico de esta producción.

Cientos de contenedores listos para salir han tenido que ser retirados de los puertos y devueltos a las fábricas, mientras que se han disparado los costes: las empresas están asumiendo pérdidas y sobrecostes logísticos imprevistos.

Las instalaciones se están saturando y, aunque el producto deshidratado aguanta meses almacenado, el sector necesita con urgencia alternativas comerciales. Mientras se espera una resolución al conflicto en Oriente Próximo, gran parte de las gestiones se centran en lo que antes se llamaba Lejano Oriente, principalmente China y Vietnam.

En Castilla y León, mientras tanto, han caído los rendimientos por hectárea en provincias como Ávila o Valladolid. La campaña avanza con perspectivas mucho peores de las previstas hace apenas unos meses. El exceso de calor durante la primavera, unido al viento persistente y a la falta de lluvias en momentos decisivos, está provocando una fuerte caída de producciones en numerosas explotaciones.

Manuel Rodríguez, agricultor abulense, asegura que la campaña “está siendo más floja de lo que se preveía” y atribuye el deterioro del cultivo principalmente a las condiciones meteorológicas de mayo. “Ahora lo que más daño está haciendo son los aires y los calores. Eso se lo está llevando de calle”, explica el agricultor, que trabaja en una explotación de forrajes en Mamblas (Ávila).

“El año pasado salían producciones de 8 o 10 toneladas por hectárea y este año no van a pasar de 2 o 3”, afirma. En algunas zonas, asegura, únicamente las parcelas de regadío están logrando salvar la campaña. Por si fuera poco, “los costes han subido un 40% y si encima no sacas producción, ya ves cómo queda la rentabilidad”, lamenta Rodríguez, quien considera que “va a ser un año peor de lo que se piensa”.

La misma preocupación comparte Iván Chico, agricultor vallisoletano de El Carpio, que siembra trigo y veza para forraje. “La campaña se la llevó mucho el calor y el aire de abril. El cultivo se paró y no ha desarrollado todo lo que podría”, lamenta.

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