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Observación, datos, precisión: la IA se pone al servicio del sector agroalimentario

Un sistema predictivo no pretende adivinar el futuro. Lo que hace es calcular riesgos, probabilidades y tendencias a partir de datos

Rosa Gallardo

Cuando hablamos de inteligencia artificial y sector agroalimentario, tendemos a mencionar la palabra futuro. Sin embargo, basta con visitar una explotación agrícola, detenerse junto a una estación meteorológica, observar los sensores instalados en el suelo o revisar los datos que genera una máquina en plena campaña para darse cuenta de que ese futuro es, desde hace tiempo, una realidad.

La cuestión ya no es si la tecnología llegará al campo, sino cómo conseguimos que llegue de verdad, con utilidad, rigor y al servicio de quienes toman decisiones cada día.

Desde la Cátedra Internacional ENIA de Inteligencia Artificial y Agricultura de la Universidad de Córdoba trabajamos precisamente en ese punto de encuentro entre la investigación, la tecnología y el sector agroalimentario.

Parte del equipo investigador de la Cátedra Internacional ENIA de Inteligencia Artificial y Agricultura de la Universidad de Córdoba.

Nuestro objetivo no es hablar de inteligencia artificial de forma abstracta, sino contribuir a que estas herramientas respondan a problemas reales: ahorrar agua, reducir insumos, anticipar enfermedades, mejorar la productividad, optimizar el manejo de las explotaciones y acompañar a agricultores y técnicos en un contexto cada vez más complejo.

La agricultura siempre ha sido una actividad basada en la observación. Durante generaciones, los agricultores han aprendido a leer el suelo, el cielo, la planta y el comportamiento de cada parcela. Esa experiencia sigue siendo insustituible.

Lo que cambia ahora es que podemos complementarla con datos procedentes de sensores, estaciones meteorológicas, imágenes de satélite, drones, maquinaria agrícola, registros de campo y modelos predictivos. La inteligencia artificial nos permite integrar toda esa información, interpretarla y convertirla en apoyo a la decisión.

Estrella Alcalá, de la Cátedra Internacional ENIA de Inteligencia Artificial y Agricultura de la UCO, trabaja en modelos de predicción del clima.

Uno de los conceptos que mejor explica esta transformación es el de los gemelos digitales. Un gemelo digital es una representación dinámica de un sistema real. En agricultura, puede ser la reproducción digital de una parcela, de un cultivo, de una explotación o incluso de una cadena de producción. Pero no se trata simplemente de dibujar un mapa o de visualizar datos en una pantalla.

Un gemelo digital se alimenta de información real y actualizada, aprende del comportamiento del sistema y permite simular escenarios.

Imaginemos una parcela de viñedo, olivar o cereal. Sobre ella podemos tener datos de temperatura, humedad, precipitación, estado del suelo, vigor vegetativo, labores realizadas, tratamientos aplicados y evolución histórica del cultivo.

Fernando Herrera, investigador de la Cátedra Internacional ENIA de Inteligencia Artificial y Agricultura de la Universidad de Córdoba, presentando un asistente virtual.

Si toda esa información se integra correctamente, el gemelo digital nos ayuda a comprender qué está ocurriendo y, sobre todo, qué puede ocurrir. Puede indicarnos si una zona presenta riesgo de estrés hídrico, si determinadas condiciones favorecen una enfermedad, si una estrategia de riego puede ser más eficiente o si conviene prestar atención a una parte concreta de la explotación.

Este cambio es especialmente importante porque la agricultura se enfrenta a una incertidumbre creciente. Las condiciones climáticas son cada vez más variables, los costes de producción aumentan, la disponibilidad de agua es un reto estructural y la presión por producir de forma más sostenible es cada vez mayor. En este escenario, anticiparse marca la diferencia. Y ahí es donde los sistemas predictivos van a marcar la diferencia.

Un sistema predictivo no pretende adivinar el futuro. Lo que hace es calcular riesgos, probabilidades y tendencias a partir de datos. En sanidad vegetal, por ejemplo, puede anticipar el riesgo de aparición de una enfermedad cuando se dan determinadas condiciones ambientales y fenológicas.

Antonio Gómez y Jesús Palma, de la Cátedra Internacional ENIA de Inteligencia Artificial y Agricultura de la Universidad de Córdoba, presentan uno de los gemelos digitales.

En riego, puede ayudar a estimar las necesidades hídricas del cultivo en función del estado del suelo y de la previsión meteorológica. En producción, puede contribuir a prever rendimientos o detectar anomalías. En gestión, puede facilitar decisiones más ajustadas sobre recursos, costes y operaciones.

En la Cátedra hemos trabajado en esta línea con especial atención a problemas concretos del sector. Uno de ellos es el desarrollo de sistemas de aviso frente a enfermedades como el mildiu en viñedo. Quienes conocen el campo saben que una enfermedad de este tipo no se combate solo cuando se ve. Para entonces, en muchos casos, ya hemos llegado tarde.

Lo importante es anticipar el riesgo: saber cuándo las condiciones de temperatura, humedad, precipitación y desarrollo de la planta pueden favorecer una infección. A partir de ahí, el agricultor o el técnico puede tomar una decisión más informada.

Flora Moreno, investigadora de la Cátedra Internacional ENIA de Inteligencia Artificial y Agricultura de la UCO, presenta su modelo para la detección de la mosca del olivo.

Este tipo de herramientas no buscan sustituir el criterio profesional. Al contrario, buscan reforzarlo. La inteligencia artificial debe ser una aliada del conocimiento agronómico. Por eso insistimos tanto en la validación, en la transparencia de los modelos y en la necesidad de que las recomendaciones sean comprensibles. Un aviso solo es útil si quien lo recibe entiende qué significa, con qué datos se ha generado y qué nivel de incertidumbre tiene.

El mismo razonamiento se aplica a los asistentes virtuales al productor, otra de las líneas que más interés está despertando. La evolución de la inteligencia artificial generativa ha abierto la puerta a herramientas capaces de dialogar en lenguaje natural.

Pero en agricultura no basta con tener un asistente que responda de forma genérica. Para que sea verdaderamente útil, debe estar conectado a los datos de la explotación, a modelos agronómicos fiables, a información meteorológica actualizada y a conocimiento técnico especializado.

El potencial es enorme. Un productor podría preguntar qué parcelas presentan mayor riesgo esta semana, qué labores están pendientes, si se prevén condiciones favorables para una enfermedad, qué zonas tienen menor vigor o qué decisiones podrían mejorar la eficiencia del riego. Un técnico podría consultar incidencias, comparar campañas, revisar alertas o priorizar visitas a campo.

Una cooperativa podría integrar información de múltiples explotaciones para mejorar la planificación. Pero, para llegar a ese punto, hacen falta datos de calidad, interoperabilidad entre sistemas y herramientas diseñadas pensando en el usuario final.

Ese es uno de los grandes retos de la digitalización agraria: convertir datos en decisiones. Hoy se generan muchos datos, pero no siempre se aprovechan bien. A veces están dispersos en distintas plataformas. Otras veces no tienen la calidad suficiente.

En ocasiones, las herramientas son demasiado complejas para el uso diario. Y también existe una preocupación legítima sobre la propiedad, el uso y la protección de los datos agrarios. La tecnología solo será adoptada si genera confianza.

Por eso defendemos una inteligencia artificial cercana al territorio, probada en condiciones reales y desarrollada junto al sector. La universidad tiene un papel importante en este proceso: aportar rigor, evaluar las soluciones, analizar sus límites y formar a los profesionales que van a utilizarlas. Pero no puede hacerlo sola.

Necesitamos trabajar con agricultores, cooperativas, empresas tecnológicas, denominaciones de origen, administraciones y centros de investigación. La innovación en agricultura es necesariamente colaborativa.

Desde la Cátedra Internacional ENIA de Inteligencia Artificial y Agricultura de la Universidad de Córdoba entendemos que el verdadero valor de la inteligencia artificial está en la capacidad del algoritmo para resolver problemas concretos, no solo en su sofisticación.

Una herramienta tecnológica tiene sentido si ayuda a ahorrar agua, reducir tratamientos innecesarios, mejorar la rentabilidad, disminuir riesgos, facilitar el trabajo técnico o hacer más sostenible una explotación.

La agricultura del futuro será con agricultores o no será. Será una agricultura en la que quienes conocen el campo dispondrán de más información, mejores predicciones y herramientas más precisas para decidir.

Los gemelos digitales, los sistemas predictivos y los asistentes virtuales son piezas de ese nuevo escenario. No sustituyen la experiencia, la amplían. No eliminan la incertidumbre, pero ayudan a gestionarla mejor. No convierten el campo en una pantalla, sino que permiten mirar la realidad con más información.

Al final, la inteligencia artificial aplicada a la agricultura debe responder a una pregunta sencilla: ¿ayuda realmente al sector? Si la respuesta es sí, estaremos ante una tecnología útil. Si no, será solo una promesa más. Nuestro compromiso desde la Universidad de Córdoba es trabajar para que esa respuesta sea cada vez más clara, más rigurosa y cercana a quienes cada día sostienen el sistema agroalimentario.

Rosa Gallardo es directora de la Cátedra Internacional ENIA de IA y Agricultura de la UCO

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