Ricardo Ortega
El viñedo de la Península ha recibido el tren de borrascas como un seguro de vida, como una inversión en tranquilidad para afrontar con garantías el momento en el que la planta salga de la parada invernal y ponga en marcha sus procesos internos.
Lo celebran especialmente en aquellas zonas que han echado en falta la lluvia durante los últimos dos años, como Cataluña. El viticultor Josep Arrufat, de la DO Terra Alta, destaca que en esta comarca tarraconense han caído más de 200 litros en lo que llevamos de año, una cantidad de agua muy importante “que afortunadamente ha caído de forma suave, empapando el suelo y sin producir daños”.
El único perjuicio ha venido porque ha retrasado las labores de poda, pero en todo el caso el beneficio es enorme en esta DO de tierras arcillosas, con capacidad para retener agua. “Después de estas lluvias cabe prever un año muy bueno”, señala Arrufat, que cuida un viñedo de garnacha blanca, en ecológico. Aunque tiene el riego instalado, la humedad en el suelo sigue siendo una buena noticia: “La gente no recuerda un año así”.
Crisis de consumo
La principal amenaza para el viñedo es la caída en el consumo, con cifras muy preocupantes “que sobre todo afectan a los tintos”. Las causas son muy variadas, pero hay que destacar lo que hacen algunos restaurantes, “que cobran precios increíbles por vinos de gama baja y perjudican al conjunto”, apunta el viticultor, que también es responsable de la bodega Vins del tros.
También menciona esa especie de “miedo” a hablar de vino si no se es un experto, porque aleja al público general y como consecuencia “la gente se lo piensa” antes de pedir una botella.
Suelo granítico
El viñedo en la DO Arribes, entre Salamanca y Samora, no ha notado el efecto de las tormentas, para bien ni para mal. El cultivo está en parada invernal y no ha sufrido por agua ni por el viento.
Sí han florecido otros cultivos leñosos, como el almendro o el cerezo, “pero el viñedo sigue en parada y es mejor así porque aún tienen que venir días de frío”, apunta Carlos Capilla, director técnico del consejo regulador.
El viñedo de esta DO se cultiva en terrazas abancaladas, en un suelo de granito, de modo que es muy poca la capacidad para retener el agua de estas lluvias. “Lo peor de estas semanas es que no se han podido realizar las labores de poda, que ahora están retrasadas”, señala Capilla.
Mildiu «como cualquier año»
Sanitariamente esta humedad no trae demasiada preocupación al viticultor, más allá de que pueda haber mildiu, “como cualquier año”. También aporta tranquilidad el hecho de que no haya presencia de yesca en un porcentaje preocupante.
Hay pocos datos, por tanto, para atisbar cómo puede ser la uva de 2026. A diferencia de otras comarcas vitivinícolas, aquí no preocupan los datos de consumo. “Ni se solicitan ni se aplican medidas para reducir rendimientos”, destaca. La DO cuenta con 310 hectáreas amparadas y el año pasado la producción rondó los 2.800 kilos por hectárea. “Esto significa que no hay que quitar uva; el reto más bien el de seguir creciendo en calidad”, subraya.
Abril y las heladas
Entre enero y febrero han caído casi 130 litros por metro cuadrado en la Ribera del Duero burgalesa, lo que es motivo de alegría para e viticultor de la comarca. “Otros años, con mucha menos agua la planta ha tenido que pasar todo el verano”, recuerda José María Martín, que gestiona un viñedo de 22 hectáreas en Fuentelisendo.
La viña sigue en parada invernal en la DO Ribera y el peligro reside en que haya temperaturas suaves que empiecen a movilizar la savia. “En ese caso la planta despertará y será muy vulnerable a las heladas”. Abril es traicionero y podría helar casi cualquier día. En todo caso, “todavía se nota que las noches son largas”, lo que impide una subida excesiva de temperaturas.
La única amenaza a la que debe prestar atención en un año húmedo como este es el mildiu. “Ya lo tuvimos el año pasado”, recuerda. En su opinión, el principal problema es la caída en el consumo de vino, que repercute en el precio de la botella y del kilo de uva. También se deja notar en el precio del suelo, con unas parcelas de viñedo por las que se paga, por ejemplo, la mitad de lo que perciben los afectados por una expropiación forzosa.







