El cincuenta por ciento del viñedo español no es rentable. El otro cincuenta vive con la constatación de que cada año su rentabilidad decrece; tan es así que este año muchos viticultores de Ribera del Duero solo han obtenido la rentabilidad debido a que la otrora temible enfermedad del mildiu ha diezmado la cosecha, y al caer la producción el kilo de uva ha dignificado su valor.
En el viñedo no rentable, los agricultores viven de las ayudas comunitarias y de la austeridad; o sea, ganando menos cada año y ahorrando costes de producción, hecho que acelera el círculo diabólico de que cada campaña su viñedo será menos rentable todavía.
La raíz del problema reside en la inexorable caía del consumo que no tiene visos de detenerse. Un estudio de Cajamar calcula que el consumo de vino caerá en torno a un 1,3 por ciento anual en los próximos años.
La propia Unión Europa cifra este hundimiento en un 0,9 por ciento anual en su informe “Perspectivas de las producciones agrícolas 2025-2035”, en el que ya cifra un descenso del consumo en un 25 por ciento en menos de dos décadas, y donde, sin ambages, ya tilda la crisis del vino de estructural. O sea, irreversible.
En España, el último apogeo lo tuvo el consumo durante la pandemia. Desde 2022 el consumo en España ha caído un 12 por ciento.
Si a la cifra le añadimos la previsión de caídas interanuales de las magnitudes comentadas (0,9-1,3) al final del ciclo previsto por la UE en su estudio, 2035, el consumo de vino habrá descendido en España un 25 por ciento desde 2021 y casi un 40 por ciento desde 2013 (El portal de estadísticas Stadista muestra que el consumo de vino ha caído en España de 9,23 litros per cápita en 2013 a 6,9 en 2025). Y ello, a pesar de que el turismo se bebe el solo el 12 por ciento de nuestra producción.
Ante este paisaje, COAG cree que las medidas que se dirimen ahora como arranques quirúrgicos, vendimias en verde, destilaciones de crisis, etcétera, son meros paños calientes frente a la magnitud de la crisis que se avecina.
Pide por tanto un arranque y abandono definitivo de al menos 225.000 hectáreas, un 25 por ciento del viñedo español, que en la actualidad tiene una extensión de casi 900.000 hectáreas, como única medida para atajar el problema.
La medida se aplicaría allí donde sea imposible encontrar relevo (o sea: las explotaciones no rentables), en varios años y con subvenciones a la hectárea justas.
Además, reprocha a las administraciones españolas que mientras en otros países como Francia, donde se arrancarán 28.000 hectáreas de viñas con un ayuda de 4.000 euros por hectárea, en España se sigue muy lejos de acercarse siquiera a poner medidas para atajar el problema.
Por todo ello considera urgente la creación en España de una mesa de cuatro patas: agricultores, elaboradores, administraciones y organizaciones de defensa del sector, donde se fijen las estrategias y los fondos pertinentes para arbitrar las soluciones que urge el sector.
Porque la cuestión es urgente. El aludido informe sobre el viñedo español de Cajamar concluye sobre las explotaciones españolas que “la rentabilidad se deteriora de forma clara. El valor añadido por unidad de trabajo desciende en el viñedo mientras aumenta en el resto de la agricultura; los costes de insumos y de mano de obra crecen mucho más deprisa que los ingresos y la dependencia de las ayudas se intensifica hasta representar más de una cuarta parte del valor añadido obtenido. (…) el viñedo obtiene peores resultados que el promedio agrario”.
El fondo del asunto está en un cambio social que, según los expertos en tendencias, es irreversible: los jóvenes ya no ven en el alcohol un consumo habitual. Probablemente el mayor experto en vinos en nuestro país, José Peñín, editor de la guía que lleva su nombre, dice que “el cero alcohol no es una moda pasajera, sino un cambio cultural profundo. El vino ha entrado en otra zona de sospecha”.
Y dice otra cosa: “la producción mundial actual responde a esquemas del pasado. Los 230 millones de hectolitros que se elaboran muestran una desconexión creciente entre oferta y demanda”.
Los últimos datos, tozudos, muestran una caída no solo del consumo, también de la producción, de la exportación, y de la superficie.
En 2025 la exportación bajó por primera vez de los 19 millones de hectolitros: un 3,4% interanual menos. En términos económicos, la caída fue mayor: un 5% menos. Ese mismo año, la producción experimentó la mayor caída productiva de Europa: un 10 por ciento menos. Y lo peor de todo, es el desplome del número de hectáreas.
El arranque de viñedo es lo peor que puede pasar por su casi segura irreversibilidad dada la pérdida de derechos. En España, la superficie de viñedo (primer país del mundo en hectáreas) casi se ha reducido a la mitad en los últimos 45 años. Ha pasado de 1,6 millones de hectáreas a 889.470. Según la encuesta Esyrce, del MAPA, solo en el año 2025 el viñedo español perdió 21.612 hectáreas.
Castilla y León
En este último capítulo despunta un dato que deja momentáneamente a Castilla y León como la irreductible aldea gala de Astérix en medio de la crisis.
Según datos del citado estudio de Cajamar, Castilla y León experimenta un fuerte aumento en hectáreas en 2025. Todas las comunidades arrancan viñedos; tres se mantienen; nuestra región, sin embargo, experimenta un crecimiento de superficie de un 13 por ciento.
Algo tiene que ver el mercado de derechos en esta situación, y también, que no todas las zonas de la región gozan de la misma alegría.
Toca ahora diseñar un mercado que tenga presente dos asuntos: el primero es que el vino será un producto elitista, caro, exclusivo y de consumo reducido; el segundo, es que hay que bajar la graduación alcohólica todo lo que se pueda (no low). La pregunta es si el producto resultante será vino.







