José Ramón Díaz de los Bernardos
Hay una realidad que deberíamos detenernos a pensar mucho más: podemos vivir en ciudades, trabajar en oficinas, estudiar en universidades, emprender negocios digitales y pasar buena parte de nuestra vida sin pisar una explotación agraria. Lo que no podemos hacer es vivir sin lo que produce el campo.

Cada mañana, millones de personas se levantan, desayunan, preparan la comida de sus hijos y hacen la compra sin reparar en todo lo que hay detrás de esos gestos cotidianos. Un agricultor ha tenido que sembrar, abonar, vigilar el cultivo, gestionar el agua, controlar las malas hierbas, invertir en maquinaria y soportar la incertidumbre meteorológica.
Un ganadero ha tenido que alimentar a sus animales, atenderlos, garantizar su bienestar y organizar su explotación. Después, una extensa cadena de cooperativas, técnicos, transportistas, industrias y distribuidores ha permitido que ese alimento llegue a nuestras casas.
Y, sin embargo, hay algo que me preocupa especialmente: estamos tan acostumbrados a tener alimentos a nuestro alcance que, en ocasiones, hemos dejado de comprender el valor de quienes los producen.
Como joven, esa es una de las cuestiones que más me hacen reflexionar. Porque el campo no es únicamente un sector económico, ni un paisaje que contemplar durante un viaje, ni una tradición que recordar con nostalgia. Es una actividad esencial, una profesión de enorme responsabilidad y una parte fundamental de nuestra identidad colectiva. Es economía, alimentación, territorio, cultura y futuro.
Por eso, cuando hablamos de relevo generacional, no estamos hablando exclusivamente de cuántos jóvenes deciden convertirse en agricultores o ganaderos. Estamos hablando de algo mucho más importante: quién va a producir nuestros alimentos, quién va a mantener vivo nuestro medio rural y quién va a continuar el trabajo de generaciones que han construido buena parte de lo que somos.
Mucho más allá de la edad
En España nos gusta hablar de innovación, digitalización, emprendimiento y transformación económica. Y hacemos bien. Nuestro país necesita empresas competitivas, profesionales cualificados, investigación y nuevas oportunidades para los jóvenes. Pero deberíamos preguntarnos por qué, cuando estas mismas capacidades se necesitan en el sector agrario, todavía nos cuesta tanto situarlo en el lugar que merece.
El campo de hoy exige conocimientos de agronomía, economía, gestión empresarial, legislación, tecnología, comercialización y sostenibilidad. El agricultor ya no puede limitarse a conocer las labores tradicionales de su explotación. Debe interpretar mercados, calcular costes, decidir inversiones, gestionar riesgos, comprender la normativa y adaptarse a condiciones climáticas cada vez más exigentes.
Una explotación agrícola o ganadera es una empresa. Tiene activos, costes fijos, necesidades financieras, riesgos productivos, obligaciones legales y decisiones que condicionan su viabilidad durante años. La diferencia es que, en muchas ocasiones, su titular debe tomar decisiones con una incertidumbre extraordinaria y sin poder trasladar fácilmente sus costes al precio de venta.
Quienes estamos vinculados al sector sabemos que una campaña no empieza y termina con una cosecha. Empieza mucho antes, cuando se decide qué sembrar, qué variedad elegir, cuánto fertilizante aplicar, qué maquinaria emplear y qué inversiones pueden asumirse. Y continúa después, cuando se calcula el resultado económico, se afrontan los pagos y se prepara la siguiente campaña.
Por eso, cuando un joven decide incorporarse al campo, no está eligiendo simplemente una profesión. Está asumiendo un proyecto empresarial, una responsabilidad patrimonial y, en muchos casos, una forma de vida que exige una enorme dedicación.
Y aquí aparece la primera gran cuestión del relevo generacional: no podemos pedir a los jóvenes que apuesten por el campo si no somos capaces de ofrecerles condiciones para construir en él un proyecto de vida digno y rentable.
Cifras que deberían hacernos reflexionar
Los datos ayudan a dimensionar el problema. Según la memoria anual del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación correspondiente a 2024, el sector primario español -agricultura, ganadería, silvicultura y pesca- generó un valor añadido bruto de 40.491 millones de euros, equivalente al 2,5 % del PIB nacional, y alrededor de 680.200 puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo.
Pero su importancia no termina ahí. En ese mismo año, las exportaciones agroalimentarias y pesqueras españolas alcanzaron aproximadamente los 75.090 millones de euros, con un saldo comercial positivo de 19.232 millones. Representaron, además, el 19,5 % de las exportaciones totales españolas.
Son cifras que reflejan una realidad que merece mayor reconocimiento: el sector agroalimentario es uno de los grandes motores económicos de España, de su capacidad exportadora y de su presencia en los mercados internacionales.
Ahora bien, detrás de esas cifras hay una red extraordinariamente amplia de profesionales y actividades. Está el agricultor que produce cereal para alimentación humana o animal, el ganadero que abastece a la industria cárnica, el viticultor que sostiene una bodega, el olivarero que contribuye a que nuestros aceites lleguen a todo el mundo y el técnico que ayuda a mejorar cada decisión productiva.
También están las cooperativas, las empresas de semillas, los proveedores de fertilizantes, los fabricantes de maquinaria, la industria alimentaria y los centros de investigación. El campo no funciona de manera aislada: forma parte de una cadena de valor de la que dependen empresas, empleos y territorios enteros.
Por eso conviene distinguir entre el peso estadístico del sector primario y la dimensión mucho más amplia del conjunto agroalimentario. Cuando observamos la cadena completa, comprendemos mejor hasta qué punto el campo está conectado con el resto de la economía.
Y, aun con todo ese peso económico, seguimos teniendo dificultades para garantizar que suficientes jóvenes quieran y puedan incorporarse a la actividad agraria.
El relevo generacional: una preocupación que ya está aquí
El envejecimiento de los responsables de las explotaciones agrarias no es una percepción subjetiva de quienes vivimos cerca del campo. Es una cuestión estructural que preocupa tanto a las instituciones españolas como a las europeas.
Eurostat recoge en su publicación Key figures on the European food chain, edición de 2025, que en 2020 el 32,6 % de los responsables de explotaciones agrarias de la Unión Europea tenía 65 años o más, mientras que solo el 12,2 % tenía menos de 40 años. Son datos referidos a la estructura de las explotaciones en ese momento, no una medición de la situación exacta en 2026, pero permiten comprender la magnitud del desafío.
El mismo análisis indica que, en España, más del 70 % de los nuevos responsables de explotaciones identificados en aquel periodo tenía más de 40 años. Es una señal de que incorporar nuevos responsables no equivale necesariamente a conseguir un relevo protagonizado por personas jóvenes.
No debemos interpretar estas cifras como una crítica a nuestros agricultores y ganaderos de más edad. Todo lo contrario. Muchos de ellos han sostenido sus explotaciones durante décadas, han atravesado sequías, crisis de precios, cambios regulatorios y transformaciones tecnológicas. Han acumulado un conocimiento que no aparece en los manuales y que sigue siendo imprescindible para las generaciones que vienen detrás.
El problema no es que nuestros mayores continúen trabajando. El problema es que demasiadas explotaciones pueden llegar al final de su ciclo productivo sin una persona preparada y dispuesta a darles continuidad.
Y cuando eso ocurre, perdemos mucho más que una actividad empresarial. Podemos perder superficie productiva, capacidad de transformación, actividad comercial, empleo y conocimiento acumulado durante décadas.
Imaginemos una explotación familiar que ha pasado de abuelos a padres y que, al llegar la jubilación de estos últimos, no encuentra continuidad. Hay maquinaria, instalaciones, tierras, contratos, experiencia y un modelo productivo que ha costado años construir. Sin embargo, si el siguiente paso no es viable, todo ese patrimonio puede terminar fragmentado, arrendado en condiciones poco favorables o abandonado.
No todas las explotaciones pueden ni deben continuar indefinidamente, y la transformación empresarial también forma parte de la evolución del sector. Pero deberíamos preguntarnos cuántos proyectos viables podrían sobrevivir si existieran mejores mecanismos para facilitar su transmisión a una nueva generación.
Porque el relevo no comienza el día que una persona se jubila. Debe empezar mucho antes, preparando la explotación, planificando la sucesión y formando a quienes asumirán su dirección.
¿Por qué cuesta tanto que los jóvenes den el paso?
A veces escuchamos que los jóvenes ya no quieren trabajar en el campo. Creo que esa afirmación simplifica demasiado una realidad bastante más compleja.
Por supuesto, hay jóvenes que prefieren otras profesiones. Como ocurre en cualquier sector. Pero también hay jóvenes que sienten vocación por la agricultura, que estudian ingeniería agronómica, que se forman en producción animal, que quieren emprender en sus pueblos y que ven en el sector agroalimentario una oportunidad profesional. El problema aparece cuando esa vocación se encuentra con una barrera tras otra.
La primera es el acceso a la tierra. Comprar una explotación, disponer de superficie suficiente para producir con una escala adecuada o reunir parcelas dispersas requiere recursos que muchos jóvenes todavía no han tenido tiempo de acumular. A ello se suma la dificultad de acceder a derechos de uso, instalaciones, maquinaria y otros activos necesarios para empezar.
La segunda es la financiación. Una incorporación agraria puede exigir inversiones importantes antes de obtener los primeros ingresos. El dinero destinado a plantar un cultivo leñoso, construir una instalación ganadera o adquirir maquinaria no se recupera de un día para otro. En determinados proyectos, el periodo hasta alcanzar una rentabilidad estable puede ser largo.
La tercera es la incertidumbre. El agricultor debe convivir con la meteorología, los precios, los costes de producción, las plagas, las enfermedades y los cambios en las condiciones comerciales. Una decisión técnicamente correcta no garantiza por sí sola un buen resultado económico.
La cuarta es la rentabilidad. No basta con producir bien. Es necesario vender en condiciones que permitan cubrir costes, remunerar el trabajo, amortizar inversiones y generar un beneficio razonable. Si el proyecto no ofrece esa posibilidad, pedir una nueva incorporación es pedir a una persona que asuma un riesgo difícil de justificar.
Y existe una quinta barrera que merece una reflexión especial: la percepción social del trabajo agrario. Todavía hay quien asocia el campo con una profesión poco cualificada, físicamente exigente y con escasas posibilidades de desarrollo. Esa visión no solo es injusta; también ignora buena parte de la realidad de las explotaciones modernas.
El campo también necesita a sus ingenieros y profesionales jóvenes
Como ingeniero agrónomo, tengo claro que la modernización del sector no se conseguirá enfrentando a quienes acumulan cuarenta años de experiencia con quienes llegan con formación universitaria y conocimientos tecnológicos. Necesitamos a ambos.
Un agricultor que lleva décadas trabajando una tierra conoce sus particularidades, su comportamiento y sus limitaciones. Sabe cómo responde una parcela después de determinadas lluvias, dónde aparecen habitualmente los problemas y qué decisiones han funcionado en campañas anteriores.
Un técnico joven puede aportar herramientas de análisis, ensayos, nuevas variedades, planificación económica, agricultura de precisión o nuevas formas de comercialización. Pero necesita comprender la realidad de la explotación, escuchar a quien la conoce y adaptar sus propuestas a las condiciones de producción.
La verdadera innovación nace cuando el conocimiento científico y la experiencia se encuentran.
Por eso debemos fortalecer los servicios de asesoramiento agrario, la transferencia tecnológica, la formación continua y la colaboración entre universidades, centros de investigación, cooperativas, empresas y explotaciones. El conocimiento no puede quedarse encerrado en un laboratorio ni el agricultor puede verse obligado a resolver por su cuenta todos los desafíos técnicos de una actividad cada vez más compleja.
Además, necesitamos abrir más puertas a la participación de mujeres jóvenes en la dirección de las explotaciones. El futuro del campo no puede construirse desaprovechando el talento de una parte fundamental de la población rural.
No habrá relevo generacional sin pueblos donde merezca la pena vivir
El futuro del campo no se decide exclusivamente dentro de una explotación. También depende de lo que ocurre alrededor.
Un joven puede querer ser agricultor y disponer de una buena idea empresarial, pero necesitar vivienda, conexión a internet, atención sanitaria, transporte, educación para sus hijos y servicios básicos. Puede estar dispuesto a trabajar muchas horas, pero no debería verse obligado a renunciar a unas condiciones de vida razonables por haber elegido el medio rural.
La despoblación no es únicamente un problema demográfico. Tiene consecuencias económicas, sociales y territoriales.
Cuando cierra un negocio local, desaparece un servicio o se pierde una actividad productiva, la vida cotidiana se vuelve más difícil. Si disminuyen las oportunidades laborales, los jóvenes se marchan. Si se marchan los jóvenes, sostener los servicios resulta todavía más complicado. Y, poco a poco, el territorio pierde capacidad para atraer a quienes podrían contribuir a recuperarlo.
La agricultura y la ganadería no son la solución única a todos los problemas del medio rural, pero forman parte de su base económica. Alrededor de ellas se mantienen cooperativas, talleres, empresas de suministros, transportistas, industrias transformadoras, comercios y servicios profesionales.
Por eso, defender el relevo generacional agrario es también defender pueblos con actividad económica, oportunidades y posibilidades de futuro. Y para conseguirlo necesitamos políticas que contemplen el territorio en su conjunto, no únicamente ayudas para la incorporación de un nuevo titular.
¿Qué podemos hacer para cambiar las cosas?
No creo que exista una medida capaz de resolver por sí sola el relevo generacional. Estamos ante un desafío que exige actuar en varios frentes al mismo tiempo.
Necesitamos facilitar el acceso a la tierra mediante mecanismos que conecten a propietarios próximos a la jubilación con jóvenes que quieran incorporarse. Necesitamos financiación adaptada a los ciclos productivos, asesoramiento empresarial y apoyo técnico durante los primeros años. También debemos simplificar procedimientos cuando sea posible, evitar cargas administrativas innecesarias y proporcionar seguridad jurídica para que quien invierta pueda planificar a medio y largo plazo.
Hay que mejorar la formación agraria y reforzar el acompañamiento a los nuevos profesionales. No basta con entregar una ayuda inicial y dar por completada la incorporación. Emprender en agricultura implica tomar decisiones durante años, y sería mucho más eficaz contar con un sistema de seguimiento que permita anticipar dificultades y mejorar la viabilidad de las explotaciones.
Además, debemos fomentar fórmulas de cooperación, incorporación progresiva, arrendamiento con opción de continuidad, asociaciones entre generaciones y transmisión planificada de negocios agrarios. Hay personas mayores que necesitan una salida ordenada y jóvenes que buscan una puerta de entrada. Crear mecanismos para que ambas partes puedan encontrarse es una oportunidad que no deberíamos desaprovechar.
Pero existe una responsabilidad adicional: tenemos que conseguir que la sociedad vuelva a mirar el campo con conocimiento y respeto.
Eso significa enseñar de dónde proceden los alimentos, explicar cuánto cuesta producirlos y hacer visible el trabajo que hay detrás de ellos. Significa hablar de los desafíos ambientales con rigor, reconocer los avances del sector y exigir mejoras cuando sean necesarias, sin convertir al agricultor o al ganadero en el responsable automático de todos los problemas relacionados con la alimentación o el territorio.







