José Ramón Díaz de los Bernardos
Hay momentos en los que una campaña agrícola se puede resumir en una cifra. Este año, sin embargo, la vendimia de Castilla-La Mancha necesita varias.

Necesitamos hablar de kilos, de hectólitros, de grados, de calidad, de existencias, de exportaciones y de consumo. Pero, por encima de todas ellas, necesitamos hablar de una palabra que cada vez resulta más incómoda: rentabilidad.
Porque una vendimia puede ser buena en calidad, razonable en producción e incluso tener un mercado con determinados signos positivos y, aun así, ser una mala vendimia para quien está debajo de la cepa. Es donde creo que debemos enfocar el debate.
La vendimia 2026 ha vuelto a adelantarse de manera extraordinaria. Las altas temperaturas han acelerado la maduración y UPA advertía ya en agosto de un adelanto superior a veinte días en numerosas zonas, junto con una merma productiva importante.
Las primeras estimaciones de la Organización Interprofesional Vitivinícola de Castilla-La Mancha sitúan actualmente la producción de vino y mosto en torno a 19 millones de hectolitros, prácticamente en línea con los 19,2 millones de la campaña anterior, aunque todavía condicionada por el desarrollo de la vendimia de las variedades autóctonas, especialmente Airén. La propia interprofesional destaca además una calidad sanitaria “muy buena”.
Aquí aparece la paradoja. Tenemos uva de calidad. Tenemos menos rendimiento en muchas parcelas. Tenemos existencias que no parecen dibujar un escenario de exceso extraordinario y, sin embargo, el precio que recibe el viticultor continúa sin responder a esta realidad.
El precio de la uva
A estas alturas de la campaña ya conocemos algunas referencias de precios y no son precisamente tranquilizadoras.
En Valdepeñas, por ejemplo, la cotización comunicada para la uva tinta Tempranillo o Cencibel con Denominación de Origen se sitúa en 0,027 euros por grado y kilo, lo que supone alrededor de 36 céntimos por kilo para una uva de 13,5 grados, prácticamente el mismo nivel que en 2025.
Para Airén con DO se sitúa en 0,023 euros por grado y kilo, unos 28 céntimos para 12 grados. Cuando la uva se compra sin DO, la diferencia vuelve a ser importante: el Tempranillo se sitúa alrededor de 25 céntimos por kilo para 13 grados.
Mientras tanto, las informaciones publicadas durante estos días apuntan a que en La Mancha los precios están incluso por debajo de los de la campaña anterior.
Desde la cooperativa Virgen de las Viñas se reconoce que la calidad está siendo buena, pero que los precios “no acompañan” y se encuentran por debajo de los del pasado año.
Aquí es donde uno no puede evitar hacerse una pregunta: ¿Qué más tiene que ocurrir para que el precio de la uva empiece a reflejar la realidad del viticultor?
Porque si tenemos una campaña con menos producción en muchas explotaciones, una uva con buena sanidad, existencias contenidas y un consumidor que hace años viene desplazando parte de sus preferencias hacia los blancos, cuesta entender que la respuesta para el productor siga siendo prácticamente la misma.
La paradoja de Castilla-La Mancha
Hace tiempo que venimos diciendo que la viticultura regional necesita una revisión profunda. No porque Castilla-La Mancha carezca de potencial, sino todo lo contrario.
La región es una potencia vitivinícola. Tiene territorio, superficie, conocimiento, bodegas, cooperativas, industria, tradición, capacidad exportadora y una materia prima extraordinaria.
Posee variedades perfectamente adaptadas a su territorio. Airén, Cencibel, Garnacha Tintorera y muchas otras variedades capaces de producir vinos competitivos y con personalidad.
Y tiene algo que no se puede fabricar de un día para otro: cultura vitivinícola.
Entonces, ¿por qué continúa siendo tan difícil que esa fortaleza se traduzca en rentabilidad? Esa es la pregunta que debemos hacernos. Porque no podemos seguir celebrando cada año la importancia del vino de Castilla-La Mancha mientras el viticultor mira la liquidación y se pregunta si el siguiente año merece la pena seguir.
La viña no puede vivir eternamente de la vocación
Esta es, posiblemente, la cuestión más preocupante: el viñedo no es un cultivo anual; una hectárea de cereal puede dejar de sembrarse esta campaña y retomarse la siguiente.
La viña no funciona así. Detrás hay años de trabajo. Hay poda. Hay formación. Hay tratamientos. Hay mantenimiento. Hay instalaciones. Hay inversiones que se amortizan durante muchísimo tiempo. Y, sobre todo, hay patrimonio agrícola.
Cuando una viña desaparece, no desaparece únicamente una superficie productiva. Desaparece una parte del paisaje, una actividad económica, trabajo, conocimiento.
Por eso resulta preocupante que cada vendimia volvamos a hablar de arranques de viña como si fuera una consecuencia inevitable del mercado. No deberíamos normalizarlo.
Entre 2005 y 2025 España ha perdido más de 200.000 hectáreas de viñedo, una evolución que pone de manifiesto el deterioro estructural que está sufriendo el sector productor.
Si seguimos por este camino, llegará un momento en el que nos preguntemos dónde están aquellas viñas que hoy creemos que siempre estarán ahí.
Hay algo que no podemos aceptar
Hay una frase que deberíamos repetir mucho más: “No hay vino sin uva y no hay uva sin viticultor”.
Parece una obviedad, pero a veces se nos olvida. Hablamos de bodegas, de exportación, de mercados internacionales, de innovación. Pero antes de todo eso hay una persona que tiene que mantener una hectárea de viña durante todo un año. Y esa persona no puede pagar los costes de producción con discursos.
La verdadera discusión es: ¿Ese precio permite que el viticultor continúe produciendo? Si la respuesta es no, tenemos un problema.
El mercado manda, por supuesto, pero tampoco puede convertirse en una excusa para olvidar que detrás de una botella existe una cadena de valor completa.
El precio de un vino no se construye únicamente en la parcela. Entre la uva y el consumidor hay elaboración, almacenamiento, embotellado, comercialización, distribución, transporte, marketing y una enorme cantidad de costes.
Entonces, ¿por qué cuando llega el momento de hablar del productor la discusión acaba casi siempre reducida a unas decenas de céntimos? Esa es la cuestión.
No estoy planteando enfrentamientos entre bodegas y viticultores porque, si al viticultor le va mal durante demasiado tiempo, a la larga también le irá mal a la bodega.
El problema de los tintos
Existe una realidad de mercado que no podemos esconder: la situación de determinadas categorías de vino tinto continúa siendo especialmente complicada.
La evolución del consumo está favoreciendo en algunos mercados a los vinos blancos, más frescos y ligeros, y eso ya está teniendo consecuencias sobre las decisiones varietales y sobre las cotizaciones.
Ese cambio de tendencia ya se señalaba en campañas anteriores y está llevando a un replanteamiento del equilibrio entre variedades y destinos comerciales.
Esto no significa que tengamos que arrancar tinta para plantar blanca sin más, pero debemos analizar seriamente qué estamos produciendo, para quién, con qué coste y con qué posibilidades reales de comercialización.
Porque producir una uva que después entra en un mercado saturado puede llevarnos exactamente al mismo sitio: más kilos, pero menos margen.
La palabra clave: valor
Probablemente éste sea uno de los mayores retos de Castilla-La Mancha. Durante demasiados años hemos competido fundamentalmente por volumen, y tenemos una enorme capacidad de producir volumen.
Pero no siempre hemos sido igual de capaces de capturar el valor de ese producto y quizá haya llegado el momento de cambiar parte de esa estrategia.
Tenemos que ser capaces de construir valor alrededor de nuestras variedades, nuestro territorio, nuestras denominaciones, nuestras viñas viejas, nuestra sostenibilidad, nuestros paisajes y nuestra identidad.
Y esto no significa abandonar el mercado de graneles, porque forma parte esencial de la realidad de Castilla-La Mancha. Significa buscar un equilibrio.
Viñas viejas
El de las viñas viejas es un caso especial porque forman parte del patrimonio agrario de Castilla-La Mancha. Cepas que han soportado sequías, heladas, olas de calor y décadas de campañas buenas y malas.
Son cepas capaces de producir rendimientos moderados, pero con una materia prima que puede aportar personalidad y diferenciación.
Sin embargo, muchas de estas viñas están en riesgo porque mantenerlas cuesta dinero. Podemos decir que las viñas viejas son patrimonio, ponerles una bonita etiqueta, hablar de ellas en una feria, pero si el agricultor no puede vivir de esa viña, acabaremos elogiando un cultivo que ya no existe.
…pero es que el vino se vende
Un vino puede llegar al lineal de un supermercado, a un restaurante o al mercado internacional. Puede tener detrás una marca, una botella, una etiqueta, una campaña de publicidad y una estrategia comercial.
Pero todo empezó con unos racimos, que no aparecen espontáneamente. Por eso necesitamos que la cadena de valor funcione desde el principio hasta el final: no sirve de mucho conseguir nuevas exportaciones si el primer eslabón continúa perdiendo dinero.
Castilla-La Mancha necesita una estrategia para su viñedo
Hace falta una estrategia, una estrategia que analice el potencial productivo real del territorio, la evolución de los mercados, el comportamiento del consumo, el futuro de las variedades, los costes de producción y las necesidades de los diferentes modelos de viticultura.
También necesitamos seguir trabajando en comercialización, internacionalización y diferenciación. Más transformación. Más valor añadido. Defender mejor el valor de nuestra uva.
Y necesitamos que la política agraria tenga en cuenta algo fundamental: no todos los viñedos desempeñan el mismo papel económico, ambiental y social. El viñedo de secano de pequeña explotación familiar no puede analizarse exactamente igual que una gran explotación intensiva. Y una viña vieja de bajo rendimiento no puede tratarse exclusivamente como una hectárea que debe producir muchos kilos.
2026 no debería ser otra vendimia más
Por eso creo que la vendimia de 2026 tiene que servir para algo más que llenar bodegas. La conversación que deje de girar solamente alrededor de si la cosecha tendrá 18, 19, 20 o 24 millones de hectolitros.
Tenemos que empezar a preguntarnos qué modelo vitícola queremos dentro de diez o veinte años, porque el dato más preocupante no será cuántos millones de hectolitros producimos en una campaña concreta: será cuántos viticultores continúan al frente de sus explotaciones cuando llegue la siguiente.
La vendimia 2026 llega adelantada, marcada por el calor, con menores rendimientos en determinadas zonas y con una calidad sanitaria que está siendo muy valorada. La previsión regional de producción de vino y mosto ronda actualmente los 19 millones de hectolitros.
Pero el debate más importante no está ahí, sino en el precio.
En Valdepeñas, algunas de las principales referencias conocidas mantienen precios prácticamente idénticos a los de campañas anteriores, mientras que en la Mancha se están señalando cotizaciones inferiores al año pasado.
Hay que insistir. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un viñedo si el precio de su uva no permite cubrir sus costes?
Porque se puede soportar varios años complicados, pero lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es que su propietario pierda dinero por mantenerla.
Cuando eso ocurre, llega el arranque.







