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Vendimia en Castilla-La Mancha: menos kilos, buenos vinos en perspectiva y viñedos que desaparecen

La campaña deja una materia prima con buenas condiciones sanitarias y perspectivas enológicas interesantes, pero también rendimientos por debajo de lo esperado en numerosas explotaciones, precios poco atractivos y una realidad cada vez más preocupante: el arranque de viñedos, tanto tradicionales en vaso como modernos en espaldera

José Ramón Díaz de los Bernardos

La vendimia de 2026 deja en Castilla-La Mancha una fotografía de contrastes. Ha sido una campaña especialmente temprana, condicionada por las altas temperaturas y la escasez de precipitaciones, con diferencias importantes entre zonas productoras y unos resultados que obligan a distinguir entre la calidad de la uva que ha llegado a las bodegas y la situación que atraviesan quienes la cultivan.

José Ramón Díaz de los Bernardos
José Ramón Díaz de los Bernardos. Ingeniero agrónomo y enólogo

Si hubiera que resumir esta campaña en pocas palabras, podríamos hablar de una vendimia adelantada, de rendimientos desiguales, de una uva generalmente sana y con buenas perspectivas para la elaboración de vinos, pero también de una campaña que ha vuelto a poner de manifiesto las dificultades de una parte importante del viñedo castellano-manchego.

Porque detrás de los primeros análisis de mostos, de los grados obtenidos y de las valoraciones positivas de los enólogos existe otra realidad: muchos agricultores han recogido menos kilos por hectárea de los que esperaban y, para completar un escenario ya complicado, se han encontrado con unos precios de la uva que difícilmente generan expectativas de continuidad.

Una vendimia adelantada y una producción desigual

Uno de los aspectos más destacados de la vendimia de 2026 ha sido, sin duda, su adelanto. Las altas temperaturas registradas desde la primavera y, especialmente, durante el verano aceleraron los ciclos de maduración, obligando a viticultores y bodegas a adelantar la planificación de la recolección.

Las primeras variedades comenzaron a entrar en las instalaciones a finales de julio, mientras que en numerosas zonas productoras la vendimia avanzó con rapidez durante agosto y septiembre, dejando atrás esa imagen tradicional de los remolques de uva llegando a las cooperativas durante buena parte de octubre.

La previsión de producción regional manejada por Cooperativas Agroalimentarias de Castilla-La Mancha en la recta final de la campaña se situó alrededor de los 19,3-19,4 millones de hectolitros de vino y mosto, un volumen similar al del ejercicio anterior y que mantiene a nuestra comunidad autónoma como principal región productora de España.

Sin embargo, ese dato regional no debe ocultar las importantes diferencias que se han producido entre comarcas y explotaciones. La incidencia del calor, la disponibilidad de agua, los suelos, la variedad y el sistema de cultivo han condicionado notablemente los rendimientos finales.

En determinadas zonas, las precipitaciones estivales permitieron mantener mejor el potencial productivo, mientras que otras sufrieron las consecuencias de la sequía, el estrés hídrico y los episodios de temperaturas extremas.

Como referencia territorial, la Denominación de Origen Valdepeñas ha cerrado prácticamente su vendimia con cerca de 49 millones de kilos de uva, un volumen similar al del año anterior, aunque inferior a las previsiones iniciales. De esta cantidad, aproximadamente dos tercios corresponden a variedades tintas y el tercio restante a blancas.

El comportamiento de variedades como Airén, Tempranillo o Cencibel ha vuelto a demostrar la importancia de las diferencias varietales y territoriales a la hora de establecer un balance general de campaña.

Grado, acidez y sanidad: una materia prima con buenas perspectivas

Si hay un aspecto que merece una valoración positiva esta vendimia es el estado sanitario de la uva que ha llegado a muchas bodegas de Castilla-La Mancha.

Las condiciones secas y cálidas han contribuido a limitar la presión de determinadas enfermedades criptogámicas, favoreciendo la entrada de partidas de uva con una buena sanidad y escasos problemas de podredumbres en numerosas explotaciones.

Desde el punto de vista de la maduración, los primeros seguimientos técnicos realizados en la Denominación de Origen La Mancha situaban los parámetros generales en torno a los 12,5 grados Baumé y un pH próximo a 3,5. Son referencias interesantes que permiten anticipar buenas posibilidades de elaboración, aunque no deben extrapolarse como una media definitiva de todas las zonas y variedades de la región.

No obstante, la valoración cualitativa de esta campaña requiere algo más que fijarse en el grado probable. Las altas temperaturas han acelerado la acumulación de azúcares y, en determinadas parcelas, la pérdida de agua por deshidratación de las bayas ha podido elevar la concentración de azúcar sin que necesariamente exista una maduración completamente equilibrada.

Esta circunstancia es especialmente importante para los elaboradores. Un mayor grado alcohólico potencial no siempre significa un mejor vino. La acidez total, el pH, la madurez aromática y, en las variedades tintas, la madurez fenólica son parámetros fundamentales para conseguir vinos equilibrados.

Por eso, en una campaña como esta, la fecha de vendimia ha vuelto a ser una decisión determinante. Recoger en el momento adecuado, parcela por parcela, evitando que la uva pierda frescura y mantenga sus características varietales, constituye una de las principales herramientas para trasladar la calidad del viñedo a la elaboración.

En definitiva, tenemos una campaña que deja buenas sensaciones desde el punto de vista sanitario y unas perspectivas enológicas interesantes, aunque con diferencias que habrá que comprobar definitivamente en los depósitos y en las primeras catas.

El gran lastre: menos kilos por hectárea y precios que no acompañan

Pero no podemos hacer un balance completo de la vendimia de 2026 sin detenernos en la situación del agricultor. Y probablemente sea aquí donde encontramos la parte más preocupante de esta campaña.

Porque una cosa son los millones de hectolitros que pueda producir Castilla-La Mancha en su conjunto y otra muy distinta la realidad de una explotación que, después de todo un año de trabajo, ha terminado recogiendo menos kilos por hectárea de los que esperaba.

En muchas parcelas, especialmente aquellas más castigadas por la falta de agua y las altas temperaturas, los rendimientos han quedado por debajo de las previsiones iniciales. El estrés hídrico, la menor disponibilidad de reservas en el suelo y las dificultades para mantener el desarrollo vegetativo han condicionado el potencial productivo de numerosas cepas.

El resultado es una campaña en la que, aunque el volumen regional se mantenga en niveles similares al anterior, hay agricultores que han visto reducida considerablemente su cosecha.

Y esta disminución de kilos llega en el peor momento posible: cuando los precios de la uva tampoco están acompañando.

Las cotizaciones de determinadas variedades en La Mancha se han situado por debajo de las de la campaña anterior, una circunstancia que también se ha trasladado desde el propio sector cooperativo. Los problemas para cerrar operaciones con precios remuneradores y la presión comercial sobre los vinos a granel y los mostos están condicionando la capacidad de las bodegas para defender mejores precios en origen.

Esta combinación resulta especialmente delicada. Menos kilos por hectárea significan menos producción que vender, pero si a ello añadimos precios poco atractivos, el agricultor se encuentra con una doble dificultad para mantener la rentabilidad de su explotación.

Además, conviene recordar que la viña no deja de ser un cultivo permanente. Requiere inversiones, mantenimiento, podas, tratamientos, reposición de marras, maquinaria, combustible y una dedicación que se prolonga durante todo el año, no solamente durante las semanas de vendimia.

El problema, por tanto, va mucho más allá de una liquidación de campaña. Estamos hablando de la capacidad de los viticultores para continuar manteniendo sus explotaciones y de las expectativas que tienen para los próximos años.

El arranque de viñedos ya no entiende de vaso o espaldera

Y precisamente esta situación está teniendo una consecuencia que merece una reflexión especial: el arranque de viñedos.

Durante este mes de octubre, en distintas zonas productoras de Castilla-La Mancha, la decisión de arrancar plantaciones vuelve a estar muy presente. Y lo especialmente significativo es que ya no hablamos exclusivamente de viñedos tradicionales en vaso, sino también de plantaciones en espaldera.

Este último aspecto es especialmente relevante. La espaldera representa, en muchos casos, una apuesta por la modernización, la mecanización y la eficiencia del cultivo. Ha supuesto inversiones importantes en estructuras, postes, alambres, sistemas de conducción y adaptación de las explotaciones a una viticultura más mecanizada.

Que también estas plantaciones entren ahora en los planes de arranque demuestra que las dificultades no afectan únicamente a los viñedos más antiguos o a aquellos con mayores limitaciones para mecanizar las labores.

Cuando un agricultor se plantea arrancar una espaldera que todavía tiene años de vida productiva por delante, estamos ante una decisión que va mucho más allá de una simple renovación varietal. Es una señal de que las expectativas de continuidad no son las que deberían ser.

La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha ha ampliado, además, hasta el 3 de noviembre de 2026 el plazo para presentar solicitudes de arranque correspondientes a esta campaña vitícola. La medida responde a la necesidad de coordinar los plazos con la resolución de las ayudas a la reestructuración y reconversión del viñedo, pero coincide con un momento de especial incertidumbre para muchos productores.

No conviene confundir esta ampliación administrativa con una estadística de arranques ni atribuir todos ellos a los bajos precios. Sin embargo, el contexto evidencia que el futuro de numerosas parcelas está siendo objeto de decisiones importantes.

Y aquí debemos plantearnos una cuestión: ¿qué sentido tiene hablar continuamente de modernización, competitividad y futuro del sector vitivinícola si cada vez resulta más difícil convencer al agricultor de que merece la pena mantener su viñedo?

Detrás de cada parcela que se arranca desaparecen mucho más que unas cepas. Se pierde capacidad productiva, inversión agraria, actividad económica, paisaje y, en muchos casos, una parte importante de la identidad de nuestros municipios.

Castilla-La Mancha no puede permitirse que el arranque de viñedos se convierta en una respuesta habitual a la falta de rentabilidad. Adaptar el potencial productivo a la demanda puede ser necesario, pero debe hacerse con planificación, criterios técnicos y soluciones que tengan en cuenta la situación de los agricultores.

Las bodegas, ante el reto de transformar la uva en buenos vinos

Con la vendimia prácticamente finalizada, el protagonismo pasa ahora a las bodegas. Y comienza una fase en la que la técnica y la experiencia de los equipos de elaboración serán fundamentales.

El adelanto de la campaña ha obligado a reorganizar los calendarios de recepción, las descargas y los trabajos de elaboración. En muchas instalaciones, la concentración de entradas en periodos más cortos ha exigido una coordinación especial de los equipos y de la capacidad de almacenamiento.

En los vinos blancos, especialmente en variedades como Airén, conservar la frescura, proteger los aromas y controlar las temperaturas de fermentación será determinante. La protección frente a las oxidaciones y el manejo adecuado de los mostos permitirán aprovechar mejor las buenas condiciones sanitarias de la materia prima.

En las variedades tintas, el desafío estará en conseguir una extracción adecuada de color, estructura y componentes fenólicos, buscando el equilibrio entre grado alcohólico, acidez y taninos.

Además, la heterogeneidad de la campaña obligará a trabajar de manera diferenciada. No todas las partidas han llegado con el mismo grado de maduración, ni todas las parcelas han respondido igual a las condiciones climatológicas. La selección de lotes, el seguimiento analítico y las decisiones del enólogo serán fundamentales para sacar el máximo partido a cada variedad.

Las bodegas tienen ante sí una buena oportunidad para demostrar su capacidad técnica y transformar una materia prima con buenas perspectivas en vinos que respondan a las exigencias del consumidor.

Pero no debemos olvidar que producir buenos vinos es solamente una parte del trabajo.

Del depósito al mercado: vender mejor también es una necesidad

La siguiente dificultad comienza cuando los vinos abandonan los depósitos y tienen que encontrar su espacio en el mercado.

Las bodegas castellano-manchegas afrontan esta campaña con un escenario comercial que exige adaptación. La evolución del consumo, la competencia internacional y la presión sobre los vinos a granel obligan a reforzar las estrategias de comercialización.

Los datos de exportación de la campaña 2025/2026, cerrada en julio, reflejan esta dificultad. Castilla-La Mancha perdió aproximadamente 2,1 millones de hectolitros en sus exportaciones vitivinícolas, hasta situarse en torno a los 12 millones de hectolitros. Una caída que afectó especialmente a los mostos y vinos a granel.

Esta realidad obliga a las bodegas a trabajar en diferentes direcciones. Por un lado, mantener su capacidad de comercialización de grandes volúmenes, que sigue siendo fundamental para la estructura vitivinícola regional. Por otro, avanzar en la diferenciación, el embotellado, la creación de marcas propias y la búsqueda de nuevos mercados.

También será importante entender cómo está cambiando el consumidor. Los vinos blancos y rosados, las referencias más frescas, los productos con identidad territorial y las propuestas que conectan con nuevos perfiles de consumo ofrecen oportunidades que las bodegas deben saber aprovechar.

En este contexto, la añada 2026 parte con unas perspectivas interesantes. Si las primeras sensaciones de los mostos se confirman durante la fermentación y las posteriores catas, Castilla-La Mancha podría contar con vinos de buena calidad que permitan reforzar su posicionamiento comercial.

El reto será conseguir que esa calidad se traduzca en valor añadido y que no se quede únicamente en una buena valoración técnica dentro de las bodegas.

Porque producir mucho ha sido históricamente una de las grandes fortalezas de Castilla-La Mancha, pero el mercado actual exige también diferenciarse, diversificar y vender mejor.

Una vendimia de contrastes que obliga a mirar al futuro

La vendimia de 2026 deja una fotografía que refleja perfectamente la complejidad del sector vitivinícola castellano-manchego.

Por un lado, una campaña muy adelantada, con una producción regional que se mantiene en niveles próximos a los del ejercicio anterior, una uva generalmente sana y unas buenas perspectivas para la elaboración de vinos.

Por otro, explotaciones que han obtenido menos kilos por hectárea de los esperados, precios que no acompañan, dificultades comerciales y decisiones de arranque que empiezan a afectar tanto al viñedo tradicional en vaso como a las plantaciones en espaldera.

Las bodegas tienen ahora la responsabilidad de transformar esa uva en vinos competitivos, encontrar nuevos mercados, reforzar sus marcas y defender el valor de sus elaboraciones. Pero el futuro del vino de Castilla-La Mancha no puede construirse exclusivamente desde las instalaciones de elaboración y los departamentos comerciales. También tiene que construirse desde el propio viñedo.

Necesitamos una viticultura capaz de adaptarse al cambio climático, mejorar la eficiencia en el uso del agua, ajustar las producciones al potencial de cada parcela y avanzar en la calidad de la materia prima. Pero también necesitamos que quienes trabajan la tierra encuentren motivos económicos y profesionales para continuar haciéndolo.

Porque podemos tener grandes bodegas, capacidad de elaboración, tecnología y vinos de excelente calidad, pero sin agricultores que encuentren razones para mantener sus viñas, todo ese potencial pierde parte de su sentido.

A modo de conclusión: ¿a qué llamamos una vendimia exitosa?

El verdadero éxito de una vendimia no debería medirse únicamente por los hectolitros que entran en las bodegas ni por la calidad de los vinos que salen de ellas. También debería medirse por el número de viticultores que, cuando termina la campaña, siguen teniendo ilusión y razones para volver a podar sus viñas el próximo invierno.

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