La encuesta de superficies y rendimientos (Esyrce) del Ministerio de Agricultura sirve de notario para dar fe de la evolución experimentada por el campo español. Leídas en conjunto, las seis ediciones de enero cuentan una historia coherente, según Asaja, la entidad que ha elaborado el informe.
Si analizamos el periodo 2020-2025 hay un punto de inflexión claro -los años 2022 y 2023, marcados por una sequía severa y por episodios de calor extremo- que aparece como un valle en casi todas las series: el aceite de oliva, el maíz, la vendimia, la naranja y la remolacha tocaron suelo en esos ejercicios.
Y tiene también un desenlace común: la cosecha de 2024, con un año hidrológico más favorable, trajo una recuperación generalizada, aunque no siempre completa.
Junto a esa volatilidad climática, los datos dejan entrever tendencias más estructurales. La superficie de cereal de invierno se reduce de forma sostenida y el algodón encadena campañas a la baja, señales de un campo que ajusta sus cultivos a los costes, a los precios y a la disponibilidad de agua. Frente a ello, cultivos como el aguacate ganan terreno.
La principal lección de esta serie quizá no esté en ningún dato concreto, sino en su conjunto: la producción agrícola española se ha vuelto más imprevisible. Saber leer estos avances -con sus matices y su carácter provisional- es, hoy más que nunca, imprescindible para entender hacia dónde camina el campo.
Para Asaja, los avances de superficies y producciones del Ministerio de Agricultura son estimaciones coyunturales: primeras aproximaciones que las comunidades autónomas remiten al Ministerio y que se actualizan cada mes hasta cerrar la campaña. No son, por tanto, datos definitivos, sino fotografías en movimiento.
Comparar siempre la edición de enero -y no la de cualquier otro mes- permite observar el sector con un mismo encuadre año tras año. Hay, eso sí, un matiz importante: los años no son naturales, sino campañas de cosecha.
Cuando se habla de la superficie de cereal de invierno, la referencia es lo sembrado para la campaña del propio año; cuando se habla de aceite, vino o cítricos, lo recogido en el otoño y el invierno anteriores. Con esta cautela por delante, las seis ediciones examinadas dejan una serie de tendencias nítidas.
Cereales de invierno: una superficie que se encoge
Pocos indicadores son tan elocuentes como la superficie sembrada de cereales de invierno -trigo, cebada, avena, centeno y triticale-. Tras alcanzar su techo del quinquenio en la campaña de 2021, con 5,56 millones de hectáreas, la serie no ha dejado de descender: 5,49 millones en 2022; 5,27 en 2023; 5,18 en 2024, y 5,12 en el avance de 2025. En cinco campañas, el cereal de invierno ha perdido en torno a 440.000 hectáreas, casi un 8% de su superficie.
Conviene precisar que estas cifras de enero son avances de siembra y que los datos definitivos tienen a rebajarlas. El avance de 5,27 millones de hectáreas de 2023, por ejemplo, se quedó finalmente en 5,09 millones; y el de 2024 se revisó de 5,18 a 5,06 millones. La contracción real, por tanto, ha sido incluso algo mayor que la que reflejan los primeros datos.
La superficie es solo una cara de la moneda. La otra, la producción, ha sufrido vaivenes mucho más acusados.
La cosecha de cereal de invierno de 2023, golpeada de lleno por la sequía, se quedó en unos 8,7 millones de toneladas; un año después, con un régimen de lluvias más benévolo, casi se duplicó hasta los 16,5 millones, un alza del 89,9%. El contraste es revelador: mientras la superficie sembrada apenas se mueve de un año a otro, lo que ese mismo terreno acaba produciendo puede ser, según el año hidrológico, casi el doble o casi la mitad.
Esa volatilidad de la producción ha tenido su reflejo inmediato en los mercados. Los precios pagados al productor de la Lonja de Cereales de Ciudad Real -una de las referencias clásicas del cereal en la meseta castellana- han vivido un terremoto en estos cinco años: un salto histórico en 2022, al hilo de la invasión de Ucrania y de la sequía, y un descenso pronunciado desde entonces.
El resultado, leído junto con el gráfico anterior, es revelador: producción y precios se han movido en sentidos casi opuestos. La cosecha histórica de 2024 (16,5 millones de toneladas de cereal de invierno) llega justo cuando los precios cierran su mayor caída del quinquenio, presionados por la normalización de los mercados internacionales tras la guerra y por la entrada de importaciones de terceros países. Más grano y más barato, una combinación que estrecha el margen del agricultor.
El maíz, rehén de la sequía
Si el cereal de invierno depende de las lluvias de otoño y primavera, el maíz -cereal de regadío por excelencia- depende del agua embalsada. Eso lo convierte en un termómetro especialmente sensible de los años secos. Las estimaciones de enero reflejan una producción que rondó los 4,1-4,4 millones de toneladas entre 2019 y 2021, se contrajo hasta los 3,78 millones en 2022 y se hundió hasta los 2,91 millones en 2023, la cifra más baja del periodo: un tercio menos que en el máximo de 2021.
Detrás de ese desplome no hay solo menos rendimiento, sino menos superficie: con los embalses bajo mínimos, muchos regantes optaron por no sembrar maíz o por sustituirlo por cultivos menos exigentes en agua. La cosecha de 2024, con 3,52 millones de toneladas, confirma la recuperación, aunque sin recobrar todavía los niveles previos a la sequía.
Aceite de oliva: del desplome histórico a la recuperación
Ningún cultivo resume mejor la volatilidad de este quinquenio que el olivar. La producción de aceite de oliva venía de cosechas holgadas -1,21 millones de toneladas estimadas en enero de 2020 y un máximo de 1,57 millones un año después- cuando la sequía y las olas de calor de 2022 provocaron un desplome sin precedentes recientes. El avance de enero de 2023 cifró la cosecha 2022/23 en apenas 736.000 toneladas, casi la mitad que la anterior; el dato definitivo fue todavía más severo, en torno a las 672.000 toneladas.
La campaña siguiente, 2023/24, apenas mejoró -alrededor de 807.000 toneladas según el avance- y mantuvo el mercado bajo tensión, con precios en máximos históricos.
El giro llegó con la cosecha 2024/25: el avance de enero de 2025 la situó en 1,32 millones de toneladas, una recuperación del orden del 60% respecto al año anterior que devolvió la producción a la senda de las campañas normales. Dos años de escasez extrema seguidos de una recuperación rotunda: el olivar ha vivido en cinco ejercicios todo un ciclo.
Viñedo: una vendimia en montaña rusa
La producción vitivinícola -vino más mosto- ha dibujado en estos años un perfil de dientes de sierra. De los 37,6 millones de hectolitros estimados para la cosecha de 2019 se pasó a un abultado 46,6 millones en 2020, para volver después a una banda de 40-41 millones en 2021 y 2022.
La sequía volvió a dejar su huella en 2023, la vendimia más corta del quinquenio, con 33 millones de hectolitros, casi un 20% por debajo del año anterior. La cosecha de 2024 recuperó parte del terreno perdido, hasta los 36,9 millones.
Aquí cabe una advertencia metodológica: hasta la cosecha de 2021 las cifras de vino y mosto procedían del sistema Infovi, mientras que a partir de 2022 se elaboran con los datos remitidos por las CC AA. El cambio de fuente aconseja tomar las comparaciones interanuales con cierta prudencia, aunque la tendencia general -una producción volátil y, en conjunto, sin crecer- resulta clara.
Cítricos: la corona frutícola pierde fuelle
Los cítricos, una de las señas de identidad de la agricultura mediterránea española, han atravesado un quinquenio de claro retroceso, aunque con un final algo más amable.
La naranja, el cultivo de mayor volumen, alcanzó su máximo en la cosecha de 2021 con casi 3,50 millones de toneladas y cayó después hasta los 2,63 millones en 2023, su nivel más bajo: casi 870.000 toneladas menos, un 25% de descenso. La cosecha de 2024 recuperó parte de lo perdido, hasta los 2,93 millones.
La mandarina ha seguido un camino parecido, con un máximo de 2,36 millones de toneladas en 2020 y un descenso casi continuo hasta los 1,83 millones de 2023, antes de un leve repunte en 2024. El limón, en cambio, se ha movido a su propio ritmo: marcado por la alternancia natural de cosechas, encadenó descensos hasta 2022, dio su mayor registro del periodo en 2023 -1,17 millones de toneladas- y volvió a caer con fuerza en 2024, hasta las 943.000.
Más allá de las oscilaciones meteorológicas, el sector citrícola arrastra factores de fondo -arranque de plantaciones, costes de producción y competencia exterior- que ayudan a explicar por qué las cosechas recientes se sitúan, en su mayoría, por debajo de las de comienzos del quinquenio.
Cultivos industriales: la remolacha resurge, el algodón se apaga
Dentro de los cultivos industriales conviven dos historias opuestas. La remolacha azucarera, tras encadenar campañas modestas y tocar fondo en 2022 con apenas 2,08 millones de toneladas, ha protagonizado una recuperación notable: 2,90 millones en 2023 y 3,76 millones en la cosecha para 2024, el mayor volumen del quinquenio y un 80% por encima del mínimo. La mejora de la disponibilidad de agua «y el atractivo de los precios» del azúcar han impulsado tanto la superficie como el rendimiento, según Asaja.
El algodón cuenta lo contrario. Su producción ha descendido casi sin pausa: de 209.000 toneladas estimadas para la cosecha de 2019 a 188.000 en 2020, 155.000 en 2021, 115.000 en 2022 y un mínimo de 86.000 toneladas en 2023, menos de la mitad que cuatro años antes. La cosecha de 2024 ofreció un respiro, con 119.000 toneladas, pero el cultivo sigue lejos de sus cifras de partida y refleja las dificultades de un sector muy concentrado en Andalucía y sensible a los costes y a la política agraria.
Hortalizas y frutas: un mosaico de claroscuros
El universo de las hortalizas y las frutas no cítricas es demasiado diverso para resumirse en una sola tendencia, pero los avances de enero permiten apuntar algunos trazos. El tomate de recolección de invierno e inicio de primavera se ha mantenido estable, en el entorno de las 800.000 toneladas.
La lechuga, una de las hortalizas de hoja de mayor peso, ha cedido terreno: de cerca de un millón de toneladas en 2020 a unas 913.000 en el avance de 2024.
Hortalizas como la escarola o las habas verdes han registrado descensos pronunciados, vinculados sobre todo a la reducción de superficie.
En las frutas no cítricas destaca el aguacate, cultivo en plana expansión en el sur peninsular, que ha pasado de algo menos de 100.000 toneladas a comienzos del periodo a unas 119.000 en la cosecha de 2024, pese a las oscilaciones propias de un árbol joven y sensible a la falta de agua.
El kiwi, por su parte, se ha movido en una horquilla estrecha, en torno a las 27.000-32.000 toneladas, con un repunte del 18% en 2024.








